CAPÍTULO 71 (Aritz)
Conduje de vuelta al estudio con una mano en el volante y la otra apretando con suavidad los dedos fríos de Naia, que venían descansando sobre la consola central.
Ninguno de los dos dijo una sola palabra en todo el trayecto.
El sonido rítmico de los limpiaparabrisas compaginaba con el latido sordo de mi propia rabia, una rabia que ya no exigía gritos ni golpes, sino una concentración absoluta en cuidarla.
Cuando aparqué frente a la puerta del estudio, bajé de inmediato, le abrí la puerta y la ayudé a salir con el mimo con el que se trata a alguien que teme desarmarse en mil pedazos.
Dentro, el estudio estaba cálido. Encendí la pequeña estufa eléctrica de la zona de descanso y le pedí que se sentara en el viejo sillón de orejas.
Fui a la pequeña cocina del fondo y preparé una taza de manzanilla con dos cucharadas de azúcar, buscando instintivamente lo que mi madre solía darnos de pequeños cuando nos hacíamos una brecha en la calle.
Me arrodillé frente a ella con un paño limpio empapado en agua templada y un botiquín abierto sobre el suelo.
—Déjame ver la cara, Naia —le pedí en un susurro, con una paciencia que no sabía que habitaba en mí.
Ella cerró los ojos un instante. Al apartarle el pelo de la frente, la luz del flexo mostró una zona enrojecida que empezaba a hincharse en el pómulo derecho. La marca de los dedos aún destacaba sobre la piel, aunque el morado apenas comenzaba a dibujarse.
Sentí una punzada afilada en el pecho, pero mantuve el pulso firme. Envolví el paño frío en una tela limpia y lo apoyé con cuidado sobre la zona inflamada.
—Duele —murmuró ella con los ojos anegados en lágrimas contenidas.
—Ya lo sé, perdóname... —repliqué con la voz rota—. Quisiera haber estado ahí, haber llegado antes.
Naia abrió los ojos y me sostuvo la mirada. La dureza, el orgullo y la necesidad de control que siempre definían sus expresiones habían desaparecido por completo. Solo quedaba una mujer agotada que, por primera vez en su vida, se permitía ser cuidada.
—No tenías cómo saberlo, Aritz —dijo ella con un hilo de voz, apoyando su mano temblorosa sobre mi muñeca—.
Lo que pasa es que... cuando me tiraron al suelo y me pegaron, lo primero que pensé no fue en el bolso, ni en el dinero.
Pensé en que estaba completamente sola. Que si me pasaba algo grave, nadie se enteraría hasta el día siguiente.
—Eso se acabó, Naia —le aseguré con absoluta firmeza, apartando el paño y acariciándole con el dorso de los dedos el contorno de la mejilla sana—. Ya no estás sola. Me tienes a mí. Y tenemos al enano. Nunca más vas a volver a pasar por algo así sin que alguien te dé la mano.
Se quedó en silencio, mirando las estanterías llenas de negativos, las cámaras colgadas y la cafetera humeante. No dijo nada más. Yo tampoco.