CAPÍTULO 70 (Aritz)
Llevaba apenas media hora dormido en el estudio cuando el sonido estridente del teléfono fijo de la pared me arrancó del sueño de golpe.
A esas horas, una llamada al fijo solo podía significar una desgracia. Salté de la cama con el corazón desbocado, sintiendo el eco lejano de mis viejos fantasmas acechando en la oscuridad.
—¿Diga? —contesté con la voz áspera y seca.
—¿Aritz...? —la voz al otro lado era un hilo tembloroso, ahogado por el llanto y un terror que jamás le había escuchado a mi hermana—. Aritz, por favor... ven a buscarme.
—¿Naia? —me incorporé de un salto, encendiendo la luz de la mesita con mano firme—. ¿Qué pasa? ¿Dónde estás? Suenas asustada.
—Me han... me han robado en el callejón de la oficina —balbuceaba ella entre sollozos, perdiendo por completo el control—. Y... y me ha hecho daño, Aritz y no tengo teléfono... no sabía a quién más llamar… no sabía a quién llamar… yo…
Sentí que la sangre se me helaba en las venas y, al mismo tiempo, una oleada de rabia caliente y protectora me recorrió de arriba abajo. No había rastro de vacilación. Mi hermana me necesitaba.
—Escúchame bien, Naia —le dije con la voz más firme y calmada que pude reunir, mientras me ponía las zapatillas a trompicones y cogía las llaves de la furgoneta—. No te muevas de donde estés a salvo. Voy para allá ahora mismo. No tardo diez minutos. Te lo juro, Naia, voy hacia ti.
Colgué sin esperar a que dijera nada más.
Salí corriendo del estudio, abrí la furgoneta y arranqué pisando el acelerador con el motor todavía frío.
Conduje bajo la lluvia nocturna esquivando semáforos en rojo con el pulso a mil por hora, repitiéndome una y otra vez que esta vez no iba a llegar tarde, que esta vez iba a estar a la altura de lo que ella necesitaba.
Cuando llegué al bar que me había indicado, la vi acurrucada en una silla junto a la puerta, tiritando bajo la luz amarilla de los fluorescentes.
Aparqué de cualquier manera, bajé de un salto y corrí hacia ella. Al verla de cerca, el estómago se me encogió: tenía las manos sucias, las medias destrozadas y, cruzando su mejilla derecha, una mancha roja e hinchada con la marca inequívoca de una bofetada.
Naia levantó la vista, me reconoció y, por primera vez en diez años, se dejó caer sobre mi pecho sin importarle el orgullo, sin intentar sostener ninguna fachada.
La rodeé con los brazos con fuerza, apretándola contra mí mientras ella rompía a llorar de nuevo en mi hombro. Le besé el pelo, sintiendo un nudo inmenso en la garganta, y le susurré al oído:
—Ya está, Naia. Ya te tengo. Vámonos a casa.