CAPÍTULO 67 (Naia)
En el taller mecánico, entre olor a aceite quemado y herramientas desordenadas, Manu revisaba los frenos de una furgoneta vieja. Aritz estaba cerca, apoyado en el banco de trabajo, dándole vueltas a un pequeño engranaje.
—Manu... sé que con lo de Dani el otro día y lo de mi llamada de medianoche os estoy pidiendo demasiado —empezó Aritz, con la mirada baja—. Si queréis apartaros un tiempo, lo entenderé.
Manu dejó la llave inglesa sobre el suelo con un golpe seco. Se limpió las manos en un trapo sucio, se quitó la gorra y se frotó la frente con fatiga. Tenía los ojos marcados por turnos interminables y por una preocupación sorda que nunca manifestaba.
—No digas estupideces, Aritz —bufó Manu, aunque su voz carecía de la firmeza de otras veces—.
Pero sí, estamos cansados. ¿Quieres que te mienta y te diga que flotamos en la felicidad?
Llevo meses haciendo malabares con las cuentas del taller, cuidando de mi padre los fines de semana y aguantando el pánico de que un día me llamen del hospital por ti.
No estás solo, pero, joder, Aritz... a veces los que rescatamos a los demás también nos ahogamos en silencio porque nos da vergüenza pedir ayuda.
Aritz se quedó mudo. Bajó la mirada hacia sus manos y tardó en contestar.