CAPÍTULO 64 (Naia)
La discusión con Dani había terminado hacía menos de una hora.
El estudio estaba cerrado y los negativos del caso industrial seguían extendidos sobre la mesa, pero Aritz ya no conseguía distinguir una imagen de otra.
Las palabras de su amigo habían dado en el sitio exacto: estaba cansado de que los demás pagaran el precio de cada vez que él se venía abajo.
Abrió el cajón inferior buscando las llaves del armario de material.
La botella de ron seguía al fondo, olvidada allí desde hacía meses.
La sacó antes de decidir qué iba a hacer con ella.
No había bebido desde la recaída, pero conocía demasiado bien la rapidez con la que una idea podía convertirse en una excusa.
Quitó el tapón. El olor le trajo una memoria corporal que no necesitaba reconstruir: el primer trago, la vergüenza al día siguiente, la cara de Liam cuando intentaba comprender por qué su padre no se levantaba de la cama. Aritz dejó la botella sobre la mesa y apartó la mano.
No hubo una revelación ni una promesa de que jamás volvería a ocurrir.
Solo estaba agotado y quería dejar de sentir durante un rato.
La idea seguía allí, insistente. Miró el teléfono.
Dani no quería saber nada de él esa noche, y no podía exigirle que cambiara de opinión solo porque ahora tenía miedo.
Buscó el contacto de Manu. Cuando oyó su voz, tardó en hablar.
—Estoy en el estudio —dijo al fin—. He sacado la botella. No he bebido, pero no me fío de quedarme aquí solo.
Manu no le preguntó por qué había llegado a ese punto ni le recordó todo lo que ya sabía. Le pidió que se apartara de la botella, que dejara la puerta del taller abierta y que saliera a la calle mientras él iba hacia allí.
—No tienes que arreglar nada esta noche —le dijo—. Solo pasar esta hora sin hacerte daño. Mañana veremos lo demás.
Aritz cerró el tapón y dejó la botella dentro de una bolsa, lejos de la mesa. Después apagó la ampliadora, se puso la chaqueta y salió a esperar junto a la persiana. La calle estaba casi vacía. Se quedó allí, con el móvil en la mano, sin saber qué decir cuando Manu llegara.
Cuando su amigo aparcó, no hubo reproches ni abrazos de película. Manu se limitó a abrir la puerta del copiloto y esperar. Aritz subió. Antes de arrancar, le contó que había estado a punto de beber. Decirlo en voz alta no le quitó las ganas, pero al menos dejó de tener que esconderlas.
Fueron al centro de atención donde Aritz tenía pautado acudir si la urgencia se volvía difícil de manejar. Allí habló con el profesional de guardia y aceptó revisar con Marta, en la siguiente sesión, cómo había llegado a ese punto y qué apoyos necesitaba reforzar.
Al regresar, ya de madrugada, la botella seguía dentro de la bolsa.
Aritz no la llevó de nuevo al cajón: la dejó apartada para retirarla del estudio con ayuda al día siguiente.
No había ganado una batalla definitiva. Había pedido compañía antes de convertir el impulso en un hecho, y esa diferencia tendría que bastar por esa noche.