LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 63 (Naia)
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CAPÍTULO 63 (Naia)

El estudio llevaba toda la tarde oliendo a fijador, café recalentado y frustración. Sobre la mesa de luz se extendían los negativos del polígono industrial, una hilera de sombras que, hasta esa mañana, yo había creído capaces de contar la historia completa.

La mano derecha me tembló justo cuando intenté sujetar la tira más importante. El negativo resbaló, cayó sobre el borde metálico y quedó marcado por una línea de polvo. Lo levanté de golpe, como si la rapidez pudiera deshacer el daño.

—Mierda.

Volví a intentarlo. El pulso no obedeció. La ampliación salió borrosa; la sombra que debía mostrar la manipulación de una válvula se convirtió en una mancha sin valor pericial. Golpeé la mesa con la palma abierta. Los recipientes tintinearon.

—¡No puede ser! —solté—. Llevo días con esto. Días. Y ahora resulta que no puedo ni sostener una tira de negativos.

Dani estaba junto a la estación de trabajo, revisando una hoja de contactos. Había pasado semanas cambiando turnos, cerrando el taller tarde y cubriéndome cuando tenía terapia. No levantó la cabeza al principio. Ese silencio me irritó más que una respuesta.

—¿Vas a decir algo? —le espeté.

Entonces dejó la hoja sobre la mesa. Tenía ojeras profundas y la mandíbula tensa.

—Sí. Estoy harto, Etxeberria. No soy tu niñera ni el guardián de tus fantasmas. Si quieres romper los platos otra vez, hazlo, pero a mí déjame trabajar en paz.

La máquina de tatuar descansaba en una bandeja junto a su codo. Dani la apartó con un movimiento brusco; la bandeja golpeó el suelo y el metal repicó contra el cemento. No llegó a romperse, pero el sonido nos dejó inmóviles.

—He estado aquí cada vez que me has necesitado —continuó—.

Y lo he hecho porque eres mi amigo, no porque me toque rescatarte de ti mismo.

Pero llevo semanas doblando turnos, pendiente de si has dormido, de si has ido a terapia, de si vas a desaparecer cuando algo salga mal. No puedo seguir haciéndolo por ti.

—No te he pedido que...

—No hace falta que lo pidas si das por hecho que estaremos aquí para recoger los pedazos.

Se quitó el delantal, lo dejó sobre una silla y caminó hacia la puerta. Esperé que se volviera, que rematara la discusión con una de sus frases afiladas. No lo hizo. El portazo llegó un segundo después.

Me quedé mirando los negativos. La rabia seguía ahí, pero debajo apareció algo peor: vergüenza.

Había convertido la paciencia de los demás en una estructura tan automática como las rutinas que intentaba abandonar.

Si fallaba, ellos amortiguaban el golpe.

Si me enfadaba, se apartaban. Si volvía a levantarme, lo celebrábamos y fingíamos que el cansancio no existía.

Manu apareció desde la trastienda. Miró la bandeja en el suelo, después la puerta cerrada y, por último, mis manos.

—No sé qué decirte, tío —admitió. Se sentó en el taburete sin intentar arreglar nada—. Dani tiene razón. Estamos cansados. Tú verás qué haces con la cámara.

No había sentencia brillante ni una salida escondida en sus palabras.

Solo una verdad que no podía discutir. Recogí la bandeja, coloqué la máquina en su sitio y aparté el negativo dañado.

No podía devolverle a Dani la energía que le había quitado, pero al menos podía dejar de exigirle que fingiera que no estaba agotado.

Volví a preparar la ampliadora. Esta vez no intenté hacerlo deprisa. Apoyé los codos, respiré como me había enseñado Marta y esperé a que el temblor cediera. La fotografía no iba a salvarme. Tampoco Dani ni Manu. La cámara solo podía registrar lo que yo estuviera dispuesto a mirar.