LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 61 (Naia)
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CAPÍTULO 61 (Naia)

—No te muevas de ahí, Aritz —la voz de Maka al otro lado del teléfono sonó afilada, cortante, con la misma autoridad fría que empleaba en los tribunales para acorralar a un fiscal—.

Le acabo de mandar tu ubicación exacta a Dani.

Está a cinco minutos en la furgoneta de Manu.

No discutas con ese tipo ni intentes hacer de héroe.

—Maka, el hombre solo se está acercando a preguntar qué hago en un terreno privado —respondió Aritz en un susurro tenso, sin apartar los ojos del todoterreno oscuro que seguía bloqueando el camino de salida—. No va a pasar nada. Tengo la cámara en el trípode.

—Las narices va a pasar nada —le cortó ella sin admitir réplica—. Esa gente no juega limpio. Te hablo en diez minutos.

La llamada se cortó con un pitido seco.

Aritz bajó el teléfono lentamente. El hombre del todoterreno —un tipo corpulento, con la cazadora abierta y aire de matón de polígono— se detuvo a unos cuatro metros, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando de arriba abajo el equipo fotográfico montado en el trípode.

—Oiga, chaval —dijo el hombre con voz ronca, intentando sonar amenazante pero con un punto evidente de nerviosismo—. Aquí no se puede andar haciendo fotitos. Esto es propiedad privada de la distribuidora. Borra lo que tengas en la tarjeta o vas a tener un problema serio con los dueños.

Aritz sintió el viejo amago de pánico en la boca del estómago, pero esta vez el pulso no le tembló. Respiró hondo, acordándose de las pautas de Marta y de la voz firme de su terapeuta. Ya no estaba solo frente a los monstruos.

—Si es propiedad privada, tendrían que haber puesto vallas en condiciones, no dejar el muelle de carga abierto a un camino público —respondió Aritz con absoluta calma, ajustando el seguro de la mochila—.

Y si queréis el material, tendréis que pedírselo al juzgado de lo mercantil. El informe ya está en curso.

El hombre frunció el ceño, dando un paso al frente con mala intenciones, dispuesto a intimidar físicamente. Pero antes de que pudiera levantar la voz, un ruido metálico y familiar rompió el silencio del polígono industrial.

El viejo Seat de Manu dobló la curva del camino levantando una nube de gravilla y polvo. Las puertas se abrieron antes de que el coche terminara de frenar del todo.

Dani bajó del asiento del copiloto con paso firme, las manos metidas en los bolsillos de la cazadora y una expresión en la cara que no invitaba precisamente a negociar. Manu se quedó al volante, con el motor en marcha y una barra de hierro vieja asomando por debajo del asiento por si las moscas.

—Vaya, la mañana está concurrida —soltó Dani con su cínica sonrisa de medio lado, interponiéndose directamente entre el matón y Aritz—. ¿Pasa algo, amigo? ¿Te has perdido buscando el taller mecánico o es que te aburres mucho en el polígono?

El hombre miró a Dani, luego el coche viejo de Manu, y sopesó durante dos segundos si merecía la pena montar un número en mitad de la nada con testigos.

Dio media vuelta, mascullando un insulto por lo bajo, se subió a su todoterreno y dio marcha atrás a toda velocidad, perdiéndose entre la bruma del polígono.

Dani se giró hacia Aritz, lo miró de arriba abajo y exhaló un susurro aliviado.

—Estás imbécil, Etxeberria. Te dijo Maka que trajeras compañía.

—Estoy bien, Dani —respondió Aritz, soltando una carcajada nerviosa—. De verdad.