LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 60 (Naia)
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CAPÍTULO 60 (Naia)

La mañana del martes amaneció cubierta por una bruma espesa y fría que apenas dejaba ver más allá de diez metros en el polígono industrial de las afueras.

Aritz aparcó la furgoneta junto a la valla oxidada del viejo almacén de la distribuidora. El lugar estaba completamente desierto. Las naves vecinas llevaban años cerradas y el único sonido de fondo era el zumbido lejano de la autovía y el goteo constante de la humedad sobre el techo de chapa.

Cogió la mochila con la réflex, ajustó el objetivo macro y caminó con paso firme hacia el punto exacto donde se había producido el supuesto accidente industrial que la empresa intentaba camuflar.

El trabajo requería precisión milimétrica: necesitaba fotografiar el ángulo de incidencia de la luz del amanecer sobre el muelle de carga para demostrar que las sombras aportadas por la defensa eran físicamente imposibles a esa hora.

Sacó el trípode, lo montó con manos firmes y empezó a disparar ráfagas cortas, revisando el histograma en la pantalla digital.

Fue entonces cuando lo escuchó.

Un crujido seco de gravilla pisada a pocos metros, al otro lado de los contenedores de carga vacíos.

Aritz se detuvo en seco. Levantó la vista del visor.

Un todoterreno oscuro, sin rótulos identificativos, había entrado en el recinto industrial sin hacer ruido y se había detenido bloqueando prácticamente la única salida estrecha del camino de tierra. Las luces delanteras estaban apagadas, pero el motor seguía ronroneando en ralentí.

El corazón le dio un vuelco sordo en el pecho.

Por un segundo, el viejo reflejo de la huida, del pánico y de la necesidad de buscar una vía de escape rápida amagó con paralizarle las piernas.

Sintiéndose vulnerable en medio de aquel descampado, su mente buscó de manera automática el viejo refugio de la adicción.

Una pastilla, un trago rápido, apagar el ruido...

Cerró los ojos con fuerza durante tres segundos exactos. Recordó las palabras de Marta en el centro de rehabilitación y la mirada firme de Dani en el taller: "No vas a solucionar nada volviendo a esconderte".

Abrió los ojos. La tentación seguía ahí, pero el miedo ya no mandaba.

Dejó la cámara montada en el trípode, sacó el teléfono móvil del bolsillo de la cazadora con absoluta calma y comprobó la cobertura.

Tenía señal suficiente. Sin apartar la vista del todoterreno —de cuya puerta del conductor acababa de bajar un hombre alto con aspecto desabrido y las manos en los bolsillos—, marcó el número de Maka de memoria.

—Dime, Aritz —contestó ella al primer tono, con voz tensa—. ¿Has terminado?

—Todavía no, Maka —respondió él en voz baja, midiendo cada palabra mientras el hombre se acercaba lentamente hacia él—. Pero creo que vas a tener que activar el plan de rescate antes de tiempo. Tengo visitas en el descampado.