LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 59 (Naia)
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CAPÍTULO 59 (Naia)

Caminé desde la casa de mis padres hasta mi apartamento durante más de cuarenta minutos, bajo una llovizna persistente que terminó calándome el abrigo de lana. No cogí el metro. Necesitaba que el aire frío me golpeara la cara y me despejara el zumbido constante que llevaba en las sienes.

Al llegar al portal, descubrí que me había dejado las llaves en el bolsillo del otro abrigo, el que utilizaba para ir a la oficina.

Me quedé de pie en el descansillo de la entrada, mirando la puerta cerrada con una sensación estúpida de absoluta indefensión.

No tenía a quién llamar. Mikel ya no estaba; cerramos esa puerta de forma definitiva en la notaría.

Mis padres se habían quedado sumidos en un silencio de tumba tras nuestra discusión.

Y llamar a Aritz en ese preciso instante, con el rescoldo humeante del enfrentamiento familiar aún fresco, me parecía una intromisión imperdonable.

Me senté en el escalón de piedra del portal, abrazándome las rodillas con los brazos, sintiendo cómo las lágrimas, mezcladas con el agua de lluvia, me resbalaban por las mejillas sin que hiciera el menor esfuerzo por detenerlas.

Diez años intentando proyectar una imagen de solidez impecable, de control absoluto sobre cada aspecto de mi existencia, para terminar sentada en el suelo de un portal cualquiera, con las medias mojadas y la vida hecha jirones.

—¿Te has quedado sin batería en el mundo o es que el felpudo de este edificio te parece especialmente cómodo?

Levanté la cabeza de golpe.

A pocos metros, de pie bajo el alero de la acera de enfrente, con las manos en los bolsillos de su cazadora oscura y una media sonrisa cansada en los labios, estaba Aritz. Llevaba el pelo revuelto por la humedad y sostenía un termo pequeño de café entre los dedos.

—¿Qué haces tú aquí? —alcancé a balbucear, pasándome el dorso de la mano por la cara para secarme los restos del llanto.

Aritz cruzó la calle con paso tranquilo, se detuvo frente a mí y se agachó hasta quedar a mi misma altura en el escalón. No me dio un sermón. No sacó a relucir la pelea de hacía un par de horas en casa de nuestros padres. Simplemente abrió el tapón del termo y me lo ofreció.

—Me dejaste el mechero de repuesto en la furgoneta el otro día, y vine a devolvértelo —mintió con una naturalidad aplastante, sabiendo perfectamente que yo no fumaba ni llevaba mecheros—. Al ver las luces apagadas y el abrigo mojado en el suelo, supuse que te habías quedado fuera.

Miré el termo humeante, luego su cara —con esa expresión de tregua silenciosa que no exigía explicaciones inmediatas—, y dejé escapar una risa corta, medio rota por la emoción.

—Eres un mentiroso terrible, Aritz.

—Lo sé —respondió él ensanchando la sonrisa, sentándose a mi lado en el mismo escalón frío del portal—. Pero acompáñame al menos a tomarnos este café mientras el casero de este cuchitril te abre la puerta.

Nos quedamos bajo el porche, con el café enfriándose entre las manos. Aritz miró el móvil cuando vibró, lo puso boca abajo y siguió sentado a mi lado.