CAPÍTULO 57 (Naia)
El domingo siguiente, la tensión acumulada de nuestras respectivas realidades estalló de la forma más previsible e incómoda posible: en una comida familiar en casa de mis padres.
La atmósfera en el salón era densa. Mi padre leía el periódico en silencio absoluto, limitándose a emitir gruñidos monosilábicos cada vez que alguien le preguntaba por la sopa.
Mi madre iba y venía de la cocina con una hiperactividad nerviosa, intentando que los platos estuvieran siempre perfectos para evitar que volviéramos a cruzar los límites.
Aritz estaba sentado en la esquina del sofá, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, mirando fijamente la pantalla apagada de la televisión.
Yo llevaba veinte minutos intentando hablar de un trámite burocrático del bufete solo para llenar el vacío, sintiéndome como una extraña en la que fuera mi propia casa.
—Naia, hija, córtate un poco más de carne, que estás muy delgada desde... bueno, desde lo de la mudanza —dijo mi madre con voz excesivamente suave, intentando pisar huevos.
Solté el tenedor sobre el plato con un golpe seco que resonó en todo el comedor.
—Mamá, por favor, deja de tratarme como si fuera de cristal —salté, sintiendo cómo la frustración contenida de mis semanas en el apartamento me quemaba en la garganta—. No estoy enferma. Simplemente me he separado. Y no pasa nada por decirlo en voz alta sin poner esa cara de funeral.
—Solo intentaba ser amable, Naia —se defendió mi madre, encogiéndose de hombros con los ojos brillantes de frustración contenida—.
Con lo bien que tenías tu vida organizada, con Mikel...
y ahora estás en un piso alquilado, intentando empezar de nuevo después de la separación y con una incertidumbre que...
—¿Qué inestabilidad, mamá? ¿Que por fin estoy intentando averiguar quién soy fuera de un escaparate? —le interrumpí, elevando el tono más de lo debido.
Aritz, que había permanecido en silencio todo el tiempo, se puso de pie de un golpe. Su silla raspó de forma violenta contra el suelo de parqué.
—Ya está bien —dijo él con la voz ronca, cortando el aire como un cuchillo—.
¿Es que en esta casa nunca se puede pasar página sin que alguien nos eche en cara el historial clínico o los errores del pasado?
Si habéis venido a esta comida solo para recordarnos lo torpes que somos los dos rompiendo nuestras propias vidas, habríamos hecho mejor en quedarnos cada uno en su sitio.
Mi padre bajó lentamente el periódico, mirándonos a los dos con una mezcla de cansancio y profunda decepción generacional.
—Nadie os está echando nada en cara, Aritz. Pero a vosotros os cuesta la misma vida sentaros a comer una patata sin montar un número de drama —respondió mi padre con una frialdad desoladora—. Lleváis treinta años siendo incapaces de hablarse sin herirse.
Nadie volvió a abrir la boca en lo que quedaba de almuerzo. El postre se quedó intacto sobre la mesa. Mi madre recogió los platos antes de que nadie se lo pidiera y mi padre preguntó si alguien quería café. Todos dijimos que no.