CAPÍTULO 56 (Aritz)
La sobriedad no tiene aplausos. Nadie te regala una medalla por agitar las manos con temblores a las tres de la mañana intentando no abrir el cajón del fondo del estudio.
Aquel jueves, la luz de la claraboya caía plomiza sobre la mesa de trabajo.
Estaba revelando una serie de negativos cuando la puerta se abrió y entró mi madre.
No solía venir sin avisar, y eso ya encendió todas las alarmas en mi nuca.
Traía una bolsa de tela con tuppers de comida, de esos que insistía en traerme "porque seguro que comes mal", aunque yo ya tuviera la nevera llena.
Dejó los tuppers sobre el mostrador con un cuidado excesivo, un silencio calculado que me puso los nervios de punta.
—Hola, mamá —le dije, intentando mantener la voz neutra mientras colgaba la pinza del último negativo—. Podías haber llamado. Habría bajado a buscarte.
—Pasaba por el barrio del médico y... bueno, he pensado que te vendría bien un guiso de los de casa —respondió ella, evitando cruzar su mirada directamente con la mía.
Se movió por el estudio con los ojos fijos en el suelo, pero yo sabía de memoria lo que estaba haciendo.
Estaba escaneando el espacio. Buscando señales.
Mirando la papelera del rincón, el borde de la mesa, el rastro invisible de cualquier recaída pasada.
Aunque ya llevaban meses sabiendo lo del centro de adicciones y las cosas supuestamente habían mejorado, mi madre seguía mirándome como si caminara sobre una superficie de cristal muy fino que pudiera romperse en mil pedazos bajo sus pies.
Ese silencio vigilante pesaba más que cualquier bronca.
—Mamá, no hay nada —le dije de repente, deteniendo el movimiento de mis manos sobre la mesa y mirándola de frente—. Si es lo que estás buscando.
Ella se quedó helada con un tupper entre las manos. Tragó saliva, y por un segundo vi en sus ojos el reflejo de una fatiga infinita, de años enteros de llamadas de medianoche, de mentiras mías, de dinero prestado que nunca devolví y de promesas rotas.
—Aritz... perdóname —murmuró ella con un hilo de voz que me desgarró por dentro—. Intento no hacerlo. Intento creerte cuando me dices que estás bien en las terapias con Marta. Pero... han sido tantos años con el corazón encogido que... que mis ojos miran solos.
Me pasé las manos por la cara, sintiendo un nudo de frustración y vergüenza tan antiguo como la propia adicción.
Las cicatrices no se borraban solo porque yo decidiera ponerme limpio.
La desconfianza de los que me querían era el peaje que me tocaba pagar cada día, y lo peor de todo es que sabía perfectamente que me lo había ganado a pulso.