CAPÍTULO 55 (Naia)
El apartamento nuevo olía a humedad y a pintura barata, pero lo que de verdad me asfixiaba no eran las paredes de tono gris perla, sino el silencio.
Durante las dos primeras semanas tras firmar la separación con Mikel, me desperté cada madrugada a las seis en punto, con el impulso automático de estirar la mano hacia su lado de la cama para comprobar si la cafetera ya estaba programada.
No había cafetera programada. Había una encimera pequeña, de formica desgastada, donde los platos de la cena anterior se acumulaban porque me faltaban fuerzas para lavarlos al instante.
Y ese pequeño desorden —un vaso mal colocado, una servilleta arrugada— me provocaba una punzada de ansiedad tan agria que rozaba el pánico.
¿Qué había hecho?
Esa pregunta me zumbaba en las sienes cada vez que abría la ventana para mirar la calle anónima.
Había abandonado una vida predecible, limpia y segura.
Mikel nunca me había levantado la voz, nunca me había obligado a enfrentarme a abismos emocionales, nunca me había dejado en la incertidumbre.
Y, sin embargo, yo lo había destruido todo por un arrebato de culpa mal digerido, por el peso insoportable de sentir que mi hermano se ahogaba mientras yo me fingía a salvo en una torre de marfil.
Pero la culpa no era una iluminación poética; era una piedra en el zapato que me obligaba a cojear cada día.
Un martes por la tarde, mientras intentaba ordenar unos expedientes en la mesa de la cocina de mi nuevo piso, el teléfono vibró con un mensaje de Mikel. Fue breve, frío, estrictamente administrativo:
“He dejado el extracto del seguro del coche en el buzón de la notaría. Avísame cuando lo recojas.”
Miré la pantalla durante largos minutos.
Sentí una oleada de vértigo helado. No echaba de menos a Mikel como compañero de vida; lo que echaba de menos era la coartada.
Aquella vida ordenada me servía de escudo para no mirar mis propias miserias.
Ahora, sin la estructura de mi matrimonio, me sentía como un impostor que se había metido en una obra de teatro sin saberse el guion.
Si ni siquiera sabía vivir conmigo misma sin un manual de instrucciones, ¿con qué derecho había intentado juzgar el caos de Aritz?