CAPÍTULO 54 (Naia)
Llegué al piso pasadas las nueve de la noche. El ambiente en el salón era denso, de esa clase de silencio tenso que se palpa en el aire antes de una tormenta definitiva.
Mikel estaba sentado frente al ordenador en la mesa del comedor, con un informe financiero abierto en la pantalla, pero en cuanto escuchó la llave girar en la cerradura, se quitó los auriculares y se puso de pie.
—Naia —dijo, observando la bolsa de viaje ligera que traía al hombro—. Llevas tres días fuera. Apenas me has enviado un par de mensajes para decirme que estabas en el centro con tu hermano.
Dejé la bolsa junto al perchero y me pasé una mano cansada por la nuca.
—He estado donde tenía que estar, Mikel —respondí con serenidad, entrando en la cocina para servirme un vaso de agua.
Mikel me siguió, apoyándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados. Su postura, siempre pulcra y calculada, denotaba una mezcla de distanciamiento y decepción.
—Has descuidado tus responsabilidades en la firma, has pospuesto la cena con los socios del área de auditoría y estás volcando toda tu energía en la misma persona que durante diez años ha sido la fuente de todos los problemas de tu familia. No lo entiendo.
Me giré despacio, mirándolo directamente a los ojos. Por primera vez en nuestra relación, no sentí la necesidad de disculparme ni de justificarme para mantener la armonía.
—No lo entiendes porque tú te enamoraste de una fachada, Mikel —dije con voz pausada—.
Te enamoraste de la Naia eficiente, la que nunca daba un problema, la que lo tenía todo bajo control y no despeinaba su vida por nada ni por nadie.
Pero esa fachada era un mecanismo de defensa para no mirar a mi propia historia.
—No digas tonterías —contestó él, frunciendo el ceño—. Yo me enamoré de ti, de tu estabilidad, de tus metas. Éramos un equipo con un proyecto de vida claro.
—Un proyecto de vida impecable —le corregí con una leve sonrisa amarga—. Pero vacío. Si para estar contigo tengo que seguir fingiendo que mi hermano no existe, o que su dolor no tiene nada que ver conmigo, entonces no estás enamorado de mí, Mikel. Estás enamorado de mi pulcritud.
Mikel se quedó en silencio, encajando el golpe con la mandíbula apretada.
—Necesito tiempo, Mikel —añadí, dando un paso hacia el pasillo—. Y creo que tú también lo necesitas para pensar si hay espacio en tu vida para la versión real de quien soy.