CAPÍTULO 53 (Aritz)
A las ocho de la tarde, acompañamos a Naia hasta la parada del autobús. Liam iba de mi mano, charlando sin parar sobre el castillo que habían construido entre los dos y pidiéndole a su tía que el sábado fuera a verle jugar al partido de fútbol del colegio.
—El sábado a las cuatro me tienes en la grada, Liam —prometió Naia, inclinándose para darle un beso en el pelo.
El autobús de línea frenó junto al bordillo con un silbido de frenos hidráulicos. Naia se puso de pie, se ajustó la bufanda y nos miró a los dos.
—Gracias por dejarme entrar hoy, Aritz —dijo con suavidad, con una vulnerabilidad que antes me habría parecido imposible en ella.
—Gracias a ti por venir sin la toga, Naia —respondí, devolviéndole una sonrisa leve, cansada pero sincera.
Subió los escalones del autobús y se sentó junto a la ventanilla, saludando con la mano mientras el vehículo se incorporaba al tráfico de la avenida.
Liam y yo nos quedamos en la acera viendo cómo las luces rojas del autobús se alejaban entre el tráfico de la tarde. El aire de la ciudad olía a lluvia limpia, a asfalto húmedo y a noche de otoño.
Cogí a Liam de la mano para volver caminando despacio hacia el piso.
Mañana volvería el trabajo en el estudio, las llamadas al centro de rehabilitación, la terapia con Marta y el esfuerzo diario de mantener la sobriedad paso a paso.
La historia no se había arreglado de forma mágica; la herida de diez años de distancia, la culpa de Naia y la fragilidad de mi recuperación seguían allí.
Caminamos bajo las farolas del barrio. Aritz llevaba las manos en los bolsillos y yo no encontré nada más que decirle.