CAPÍTULO 51 (Aritz)
A las cinco de la tarde, la luz pálida de la sala de reuniones del centro de rehabilitación entraba por la ventana alta.
Marta, la terapeuta, estaba sentada al fondo de la mesa con sus carpetas habituales. A mi izquierda estaba Dani, con la espalda rígida pero la mirada serena. Y a mi derecha, en una silla de madera que crujía ligeramente, estaba Naia.
Era la primera vez en diez años que mi hermana pisaba la consulta del centro.
—Gracias a los dos por venir —empezó Marta, mirando a Naia antes de fijar los ojos en mí—. Aritz, el tropiezo del domingo ha sido duro, pero lo importante es que estás aquí hoy. Y que esta vez no has venido solo.
Tragué saliva, sintiendo la garganta seca. Miré mis manos cruzadas sobre la mesa, con la venda limpia rodeándome los nudillos.
—Me equivoqué, Marta —dije con la voz rasgada—. Volví a sentir que daba igual lo que hiciera, que nunca iba a salir del pozo. Y busqué la vía rápida.
—El detonante fue emocional, Aritz —explicó Marta con calma—. Y hoy tenemos aquí a Naia porque es hora de abordar lo que lleváis diez años evitando.
Naia tomó aire con dificultad. Tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas y los nudillos blancos por la presión.
—Yo fui el detonante, Marta —intervino Naia, levantando la vista hacia la terapeuta con una sinceridad amarga—. Le dije que no se podía confiar en él. Le juzgué desde la superioridad porque me daba miedo ver que estaba reconstruyendo su vida sin mí.
Marta asintió despacio, apuntando algo en su libreta.
—Las adicciones en una familia no son un problema individual, Naia.
Son una enfermedad sistémica. Aritz asumió el rol del 'hijo problemático' y tú asumiste el del 'juez impecable'.
Para que Aritz pueda sostener su sobriedad a largo plazo, tú tienes que aprender a bajarte del estrado.
Y él tiene que aprender a no usar tu juicio como excusa para autodestruirse.
Nos quedamos en silencio los cuatro. Miré a Naia de reojo. Tenía una lágrima silenciosa rodándole por la mejilla, pero no agachó la cabeza. Por primera vez en la vida, no intentó ponerse a salvo.
—Estoy dispuesta a aprender —susurró Naia, buscando mi mirada por encima de la mesa—. Si tú me dejas estar, Aritz.
La miré durante un largo momento. La herida no estaba cerrada, ni mucho menos; el dolor de diez años de abandono y la resaca de la recaída seguían ahí, pesados como plomo.
Pero al verla sentada en esa silla, en mitad del centro de rehabilitación, supe que la pared de cristal que nos separaba por fin se había roto para siempre.
—Nos va a costar mucho, Naia —dije, esbozando una sonrisa amarga y rota—. Pero no te voy a cerrar la puerta.