LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 50 (Naia)
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CAPÍTULO 50 (Naia)

La tarde en el piso de Mikel transcurrió en un ambiente enrarecido y tenso.

Había vuelto para recoger algo de ropa y preparar una bolsa pequeña para los días que pasaría apoyando a Aritz. Mikel estaba de pie junto a la isla de la cocina, con los brazos cruzados y esa expresión de desconcierto que se le ponía cuando las cosas escapaban a su control.

—Naia, no lo entiendo —dijo, pasándose una mano por el pelo corto y perfectamente peinado—.

Llevamos años hablando de esto. Tú misma me dijiste que necesitabas protegerte, que tu hermano era impredecible.

Y ahora, de la noche a la mañana, pides días libres en el bufete y cancelas nuestros planes del fin de semana para irte con él.

Me detuve en mitad del pasillo con la bolsa al hombro. Miré a Mikel, miré el salón impecable, las estanterías ordenadas por colores, la luz cálida de los halógenos. Todo en esa casa era perfecto, pero por primera vez sentí que esa perfección me asfixiaba.

—Te mentí, Mikel —dije con una tranquilidad que ni yo misma esperaba.

Él arrugó el ceño.

—¿De qué hablas?

—Te vendí la versión que a mí me salía a cuenta venderte —admití, acercándome un paso a él—.

Te conté la historia de un hermano desastre que arruinaba a la familia y de una hermana sufridora que hacía todo lo posible por salvarlo.

Pero la verdad es que me borré. Me fui hace diez años, me construí esta coraza y dejé que él se ahogara solo porque me daba pánico afrontar el barro.

—Tú no tenías la culpa de sus adicciones, Naia —insistió él, dando un paso hacia mí para coger de las manos.

—No —respondí, soltándome con suavidad—. No tenía la culpa de sus adicciones, pero sí de mi crueldad. Anoche le vi tirado en el suelo del estudio, Mikel. Y me di cuenta de que mi frialdad le dolía tanto o más que su propia enfermedad.

Mikel se quedó en silencio, mirándome como si hablara en un idioma desconocido. Después recogió las llaves de la mesa y salió a dar una vuelta.