LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 49 (Naia)
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CAPÍTULO 49 (Naia)

A las once de la mañana, tras acompañar a Aritz al piso de Dani para que se duchara y cambiara de ropa, llegué a la entrada del bufete.

Tenía la camisa arrugada, el pelo recogido con prisas y las ojeras marcadas como sombras oscuras bajo los ojos. Los empleados del despacho pasaban a mi lado saludando con la cortesía habitual, pero yo caminaba como un fantasma por los pasillos moquetados.

Entré en el despacho de Maka sin llamar.

Maka estaba revisando una pila de expedientes sobre la mesa. En cuanto me vio la cara y notó el aspecto deshecho con el que me presentaba, dejó el bolígrafo sobre el papel y se puso de pie de inmediato.

—Dios mío, Naia... ¿qué te ha pasado? —preguntó con preocupación sincera, rodeando la mesa para acercarse—. Te he llamado tres veces esta mañana. Pensaba que estabas enferma.

Me dejé caer en la silla de visitas, apoyando los codos en las rodillas y escondiendo el rostro entre las manos.

—Aritz ha recaído anoche, Maka —dije en un susurro que apenas salió de mi garganta.

Maka se quedó petrificada. El silencio en el despacho se volvió pesado.

—Ocurrió después de la comida familiar —continué, levantando la vista para sostenerle la mirada—.

Fui yo. Yo provocé la discusión. Le exigí cuentas, le hablé con una soberbia miserable y le recordé que no confiaba en él.

Su socio me llamó a última hora... tuve que ir al estudio a recogerlo del suelo.

Maka cerró los ojos un segundo, soltando un suspiro profundo cargado de pena. Se sentó en el borde de la mesa, mirándome con una mezcla de compasión y seriedad profesional.

—Naia... no puedes cargarte al hombro la responsabilidad de las adicciones de tu hermano.

—No me estoy cargando su adicción, Maka —la interrumpí con una firmeza insólita en mí—.

Me estoy haciendo cargo de mi crueldad. Llevo diez años actuando como si yo fuera la víctima perfecta y él el único culpable.

Y anoche me di cuenta de que mi frialdad ha sido tan destructiva para esta familia como sus adicciones.

Maka me miró durante un largo momento, reconociendo la grieta definitiva en el muro que yo había mantenido durante años.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó en voz baja.

—Voy a pedir tres días de permiso en administración —respondí, poniéndome de pie—.

Voy a acompañar a Aritz al centro de rehabilitación para reajustar su tratamiento.

Y luego... luego tengo que hablar con Mikel y contarle toda la verdad.

Sin adornos. Sin la versión bonita que le he vendido para quedar bien.

Maka asintió despacio, dándome un apretón firme en el brazo.

—Tómate los días que necesites, Naia. Yo me encargo de frenar el expediente del taller mecánico en el juzgado hasta que tu hermano esté en condiciones de firmar. Haz lo que tengas que hacer.