CAPÍTULO 48 (Aritz)
La luz de la mañana no trajo alivio.
Desperté en el sofá del estudio con un dolor lacerante detrás de los ojos y la boca seca como la ceniza.
La cabeza me retumbaba con una pulsación pesada.
Cuando intenté mover la mano derecha, un latigazo de dolor me hizo ahogar un grito: tenía los nudillos vendados de manera tosca con una gasa limpia y esparadrapo.
Giré la cabeza con lentitud.
Dani estaba sentado en la silla de madera del escritorio, con una taza de café humeante entre las manos y los ojos rojos de no haber dormido en toda la noche. Al otro lado de la mesa, sentada en una banqueta baja con el abrigo todavía puesto y la cara lavada por el llanto, estaba Naia.
El silencio entre los tres era absoluto, interrumpido solo por el zumbido lejano del tráfico matutino en el callejón.
—Te has despertado —dijo Dani con voz sorda, sin moverse de la silla.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo una náusea helada al recordar los fragmentos de la noche anterior: la botella, la voz de Naia, el ruido de los cristales rotos, el sabor a ron quemándome la garganta.
—Lo siento... —murmuré, mirando al techo con un vacío infinito en el pecho—. Dani, te juro que...
—No me pidas perdón a mí, Etxeberria —me cortó Dani, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco—. No me debes nada. Te lo debes a ti. Y al chaval.
Naia se levantó despacio de la banqueta. Tenía los ojos hinchados y una palidez enferma en el rostro, pero había algo diferente en su postura: la rigidez ejecutiva, la coraza de frialdad con la que solía blindarse, había desaparecido por completo.
Se acercó al sofá y se arrodilló a mi lado en el suelo, sin importarle la suciedad de la alfombra.
—Aritz —dijo con una voz temblorosa, suave, como si temiera romperme—. Dani tiene razón. Todo lo que me dijo anoche es verdad.
La miré, sorprendido a pesar de la niebla de la resaca.
—Llevo diez años juzgándote desde arriba —continuó Naia, y una lágrima solitaria le resbaló por la mejilla sin que intentara secársela—.
Me escudé en mi distancia para no ver tu dolor.
Me convencí a mí misma de que tú eras el único problema para no tener que asumir mi propia cobardía.
Te exigí garantías el domingo porque tenía miedo de volver a sufrir, pero lo único que hice fue empujarte al abismo.
Se pasó las manos por la cara, tomando aire con dificultad.
—Fui tu jueza y tu verdugo, Aritz. Y lo siento. Lo siento con todo mi corazón.
Me quedé mirándola en silencio. La rabia que me había consumido el domingo había dado paso a un cansancio devastador. No había triunfo en ver a mi hermana destruida por la culpa; solo había dos hermanos rotos compartiendo las ruinas de su familia.
—He echado a perder ocho meses, Naia —murmuré con la voz quebrada, sintiendo el peso del fracaso aplastándome el pecho.
—No has echado a perder nada —intervino Dani desde la mesa, levantándose y acercándose a nosotros—. Has tenido un tropiezo de mierda porque eres humano y estabas al límite. Pero la cuenta no vuelve a cero si tú no quieres. Ahora te levantas, te duchas y llamamos a Marta para la consulta del centro.
Naia me tomó de la mano sana, apretándola con una firmeza que no le había conocido jamás.
—Yo voy contigo —dijo Naia, mirándome a los ojos—. Si me lo permites... no te voy a volver a dejar solo en esto.