CAPÍTULO 47 (Naia)
El olor del alcohol y los fijadores de revelado derramados en el suelo de hormigón era un hedor mareante, denso, que se pegaba a la ropa.
Aritz estaba recostado contra el panel de madera, respirando con dificultad, con los ojos entornados y la frente ardiendo. Le apreté las manos, sintiendo el temblor de sus dedos y el tacto pegajoso de la sangre seca en sus nudillos.
—Aritz... mírame, por favor —supliqué en un susurro, tratando de levantarle la cara—. Vamos a salir de aquí. Te llevo a casa, o al hospital, pero vamos a levantarnos...
—No toques nada —la voz de Dani sonó como un trallazo a mi espalda.
Me giré, sobresaltada. Dani no se había movido de la esquina del taller. Estaba de pie con los brazos cruzados, una sombra en mitad de la penumbra del estudio, mirándome con una frialdad implacable que me congeló las palabras en la boca.
—Dani, por favor, ayúdame a levantarlo —dije, tratando de mantener la entereza—. Está sangrando en la mano y no puede quedarse en este suelo...
—No voy a mover un solo dedo —respondió Dani, dando un paso lento hacia la luz roja del cuarto oscuro.
Su cara estaba desencajada por la rabia, pero su tono era inquietantemente bajo, como el de alguien que ha sobrepasado todos los límites de la paciencia—.
Y tú no vas a venir aquí a hacer tu papelito de abogada salvadora.
—Es mi hermano...
—¡Ahora es tu hermano! —gritó Dani, dando un golpe seco con la palma de la mano sobre la mesa de aluminio que hizo retumbar todo el taller.
Aritz dio un leve brinco en el suelo, soltando un gemido incomprensible—.
No te equivoques, Nai, yo soy su hermano.
¡ Y hora que está tirado en el barro, deshecho y destrozado por tu culpa, ahora sí te acuerdas de que lleva tu misma sangre!
El impacto de su voz resonó en las paredes de ladrillo. Intenté hablar, pero Dani levantó un dedo, señalándome directamente a los ojos.
—Te lo voy a cantar bien clarito, Naia, porque parece que en tu mundo de alfombras y carpetas no te enteras de nada —dijo, masticando cada palabra con un desprecio sangriento—.
Llevas diez años viviendo de espaldas a esta familia.
Diez años en los que este tío ha estado bajando a los infiernos, solo, sin que tú levantaras el teléfono ni para preguntar si respiraba.
Te construiste tu vida perfecta, tu pareja perfecta y tu trabajito pulcro, y apartaste a Aritz como si fuera basura infectada para que no te manchara la foto.
Las lágrimas me quemaban las mejillas, pero no fui capaz de apartar la mirada.
—Yo no quería esto... —articulé con un hilo de voz roto.
—¡Claro que no querías esto! Querías sentirte superior —espetó Dani, acercándose a dos palmos de mi cara—.
Querías venir el domingo a casa de tus padres a pasarle revista, a ver si estaba lo suficientemente limpio para tu gusto.
Le exigiste garantías, le dijiste que no se podía confiar en él.
¿Sabes lo que son ocho meses limpio para un adicto, Naia?
¿Sabes las noches que se ha pasado aquí temblando, sudando en ese sofá, agarrándose a las fotos de su hijo para no caer?
¡Ocho meses dejándose la piel! ¿Y para qué?
Para que su hermana perfecta viniera un domingo por la tarde a decirle que da igual lo que haga, porque para ti siempre será una escoria.
Cada palabra de Dani era un latigazo certero que desmontaba uno a uno todos los argumentos con los que me había protegido durante una década.
—Lo has empujado tú, Naia —sentenció Dani, bajando la voz hasta convertirla en un veneno helado—. Lo has tirado al pozo solo para tener razón. Para poder volver a tu casa esta noche, mirar a tu novio y decirle: "Veis cómo no ha cambiado, veis cómo el desastre es él".
Me cubrí la cara con las manos y acabé sentada en el suelo, junto a los cristales rotos y el alcohol derramado. No podía dejar de llorar.