LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 46 (Naia)
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CAPÍTULO 46 (Naia)

Corrí por la calle bajo la lluvia sin importarme el tráfico ni el agua que me calaba los pantalones. Dejé a Mikel parado en la puerta del piso, llamándome por mi nombre mientras yo subía al primer taxi que encontré en la esquina.

El trayecto hasta el callejón del estudio fue una pesadilla de luces difuminadas por el parabrisas.

Cada segundo de espera era un latigazo de culpa.

Ocho meses limpio. Ocho meses. Todo el tiempo que pasé pensando que no hacía nada por arreglar su vida, todo el tiempo que me escudé en mi distancia perfecta, Aritz había estado luchando a oscuras contra sus demonios.

Y bastó que yo apretara las tuercas un domingo por la tarde para hacer saltar por los aires todo su esfuerzo.

El taxi frenó en seco en la entrada del callejón. Le tiré un billete al conductor y salí corriendo hacia la verja metálica del taller.

La puerta de madera estaba entreabierta. La luz roja del cuarto oscuro parpadeaba desde el fondo, proyectando sombras largas sobre el suelo de hormigón.

Entré despacio. El aire del taller olía intensamente a alcohol barato, a fijador químico derramado y a humedad.

—¿Aritz? —llamé en un susurro aterrorizado.

Al fondo del taller, junto a las piletas de revelado, Dani estaba de pie con los brazos cruzados y la cara desencajada. A sus pies, sentado en el suelo mojado entre cubetas de plástico volcadas, ampliaciones rotas y cristales hechos pedazos, estaba Aritz.

Llevaba la camisa empapada y abierta. Tenía los nudillos de la mano derecha ensangrentados y la cabeza apoyada contra la pared de ladrillo visto, con los ojos entreabiertos y perdidos en el techo.

—Llegas tarde —dijo Dani con una voz rasgada por la pena, sin mirarme—. Ya se lo ha bebido todo.

Me acerqué cayendo de rodillas sobre el suelo frío, sin importar que los cristales rotos se me clavaran en las piernas.

—Aritz... por favor... Aritz —supliqué, tomándole la cara entre las manos. Tenía la piel ardiente y la mirada extraviada.

Él parpadeó despacio, enfocándome a duras penas. Cuando reconoció mi rostro, soltó una risa amarga, torpe, una risa de borracho rota por el dolor que me destrozó el corazón en mil pedazos.

—Hola... jueza —murmuró con la voz pastosa, intentando apartar mis manos con torpeza—. ¿Ya... ya has venido a... a redactar la sentencia?

Las lágrimas me nublaron la vista por completo. Le abracé el cuello con todas mis fuerzas, sintiendo el olor a alcohol que salía de su piel, pegando mi frente a la suya en mitad del barro de su recaída.

—Perdóname, Aritz... —sollocé contra su hombro, sintiendo por primera vez en diez años el peso aplastante de mi propia culpa—. Perdóname, por favor...