LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 45 (Naia)
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CAPÍTULO 45 (Naia)

La casa de mis padres quedó sumida en un silencio de tumba tras la marcha de Aritz. Mi madre recogía los platos de la mesa en automático, con los hombros hundidos y sin pronunciar una sola palabra. Mi padre se había encerrado en el despacho a leer el periódico.

Liam estaba en el salón jugando en silencio con el tren de madera, ajeno pero tenso, mirando hacia la puerta cada vez que oía un ruido en el pasillo.

No fui capaz de quedarme. Cogí el bolso, me despedí con un hilo de voz y salí a la calle.

Llegué a mi piso pasadas las siete. Mikel estaba en el salón viendo la televisión. Levantó la vista cuando me vio entrar, notando de inmediato la hinchazón de mis ojos y la rigidez de mis pasos.

—¿Naia? ¿Qué ha pasado? Pensaba que la comida era hasta más tarde.

—Ha sido un desastre, Mikel —dije, dejándome caer en la silla del comedor, con la cabeza entre las manos—. He vuelto a meter la pata. Se lo he echado en cara todo. Le he gritado delante de los niños y de mis padres.

Mikel se acercó, poniéndome una mano en la espalda con una paciencia que en ese momento me pareció insoportable.

—Naia, te dije que no te involucraras. Tu hermano es una bomba de relojería. No puedes culparte por reaccionar cuando él siempre te arrastra al conflicto.

—¡No, Mikel, no entiendes nada! —le espeté, quitándome su mano de encima con brusquedad—.

¡Él no estaba buscando pelea! Fui yo. Fui yo la que exigió garantías, la que le habló como si fuera su juez, la que cuestionó si se podía confiar en él.

Le he destrozado el único momento de paz que tenía en meses porque no soy capaz de soportar no tener el control.

Mikel me miró en silencio, desconcertado por mi arrebato.

Iba a responder cuando mi teléfono, sobre la mesa de centro, empezó a vibrar con violencia. La pantalla iluminó el salón con un nombre que jamás había visto en mi historial de llamadas: DANI.

El pulso se me paró en seco. Contesté al segundo tono.

—¿Hola?

—Naia —la voz al otro lado no era educada ni profesional. Era la voz de un hombre desesperado, contenida por la rabia—. Soy Dani, el socio de Aritz.

—Dani... ¿qué pasa? ¿Le ha pasado algo a Liam?

—Liam está perfectamente —dijo él, y pude oír de fondo el ruido de cristales rotos y una respiración agitada—. El que no está bien es tu hermano. Acabo de llegar al estudio porque me saltó el sensor de la puerta.

Se me heló la sangre en las venas.

—¿Qué... qué ha hecho? —susurré, levantándome de la silla.

—¿Qué qué ha hecho? Lo que llevas semanas provocando con tus juececitos de mierda y tus miraditas de superioridad —soltó Dani con un veneno que me atravesó las entrañas—.

Se ha bebido una botella entera y está destrozando el cuarto oscuro.

Lleva ocho meses limpio, Naia. Ocho meses dejándose la piel para que tú vinieras a recordarle que para ti siempre será una basura.

Me quedé sin aire. El salón empezó a darme vueltas.

—Voy... voy para allá —atiné a decir.

—No vengas a ayudar —sentenció Dani antes de colgar—. Ven a ver lo que has conseguido.