CAPÍTULO 44 (Aritz)
Entré en la furgoneta temblando de rabia. Dejé a Liam en la parte de atrás, abrochándole el cinturón con las manos entumecidas mientras intentaba respirar despacio para que el niño no notara la tormenta que me quemaba por dentro.
—¿Papá? —preguntó Liam en un susurro, mirándome con los ojos muy abiertos desde su asiento—. ¿Tía Naia está enfadada?
Me obligué a tragar la bilis y a poner la mejor de mis sonrisas rotas.
—No, campeón. Tía Naia y yo solo estábamos hablando de cosas de mayores. Tranquilo.
Arranqué el motor. El trayecto de vuelta hasta el piso de mi madre para dejar a Liam a salvo fue un borrón de luces rojas y lluvia contra el parabrisas.
Le pedí a mi madre que se quedara con él un par de horas con la excusa de un trabajo urgente de edición.
No me atrevía a mirarla a los ojos; sabía que en su rostro encontraría la misma mirada de piedad y agotamiento que llevaba diez años soportando.
Cuando salí a la calle, el aire frío no fue suficiente para calmarme.
«¡Busco saber si se puede confiar en ti de una puta vez!»
La voz de Naia resonaba en mi cabeza como un martillo neumático.
Diez años. Ocho meses limpio. Terapias madrugando, análisis de orina, miradas de soslayo, reuniones, sudor frío por las noches.
Nada de eso importaba. Para ella, y para todos los que me miraban a través de sus ojos, yo siempre sería el adicto a punto de romper la cristalería.
Llegué al estudio a las seis de la tarde. Estaba oscuro y en silencio. Dani se había ido a pasar el domingo con su familia.
Me senté en el taburete junto a la mesa de luz. Abrí el cajón inferior de la mesa de dibujo. Al fondo, detrás de unas cajas de negativos viejos y botes de tinta seca, había una botella de ron que Manu se había dejado hacía tres meses tras una sesión de fotos nocturna.
La cogí. Estaba fría.
—Da igual —murmuré para la oscuridad del taller, con la voz rota por un sollozo seco—. Da igual lo que haga. Nunca va a ser suficiente.
Giré la rosca de plástico. El olor dulce y fuerte del alcohol inundó mis fosas nasales, provocándome un latigazo de náusea y deseo a partes iguales. Cerré los ojos, me llevé el cuello de la botella a la boca y tragué.
El líquido me quemó la garganta como un trago de ácido, pero el calor inmediato bajando hacia el estómago trajo consigo una anestesia oscura, violenta y dolorosamente familiar.