LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 43 (Naia)
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CAPÍTULO 43 (Naia)

La mesa del comedor de mis padres estaba puesta con el mantel de las ocasiones especiales. Las Copas de cristal, los cubiertos pesados de plata. Todo impecable, como si los últimos diez años no hubieran sido más que un paréntesis insignificante.

Aritz se sentó enfrente de mí, con Liam a su izquierda. Tenía la mandíbula tensa y los ojos fijos en el plato.

Durante la primera media hora, mi madre intentó mantener una conversación fluida, preguntándome por el despacho, por la salud de Mikel y por nuestras últimas vacaciones.

Respondí con la soltura ensayada de siempre, pero cada vez que miraba a Aritz, sentía la mirada afilada de mi hermano clavada en mí, recordándome lo que me había dicho en la sala de reuniones: «Para la familia de Mikel sí hay agenda».

—Aritz —intervino mi padre de pronto, cortando el plato con una precisión casi quirúrgica—. ¿Cómo van los trabajos de peritaje en el taller? Supongo que el volumen habrá bajado un poco este mes.

—Van bien, papá —respondió Aritz sin levantar la vista—. Tengo trabajo de sobra con el bufete de Maka.

—Nosotros en el despacho estamos muy contentos con su trabajo —añadí de forma impulsiva, queriendo echarle un capote—. Los informes que ha presentado son muy detallados.

Aritz dejó los cubiertos sobre la porcelana con un golpe seco que hizo tintinear los cristales de la mesa.

—No necesito que me hagas de abogada defensora ante papá, Naia —dijo con una voz helada que cortó el murmullo de la sala.

—Aritz, por favor... —suspiró mi madre, apretando la servilleta contra el pecho.

—No, mamá, siempre es lo mismo —continuó él, fijando sus ojos oscuros en mí—. Viene aquí, pone su sonrisa de hija modélica, me pasa la mano por la lomo delante de vosotros para demostrar lo generosa que es y luego se vuelve a su piso perfecto.

—Yo solo estaba intentando valorar tu trabajo —contesté, sintiendo cómo el calor me subía por el cuello—. Pero claro, como siempre, cualquier cosa que diga la interpretas como un ataque.

—¡Es que es un ataque! —subió la voz Aritz, ignorando que Liam había dejado de comer y nos miraba con los ojos muy abiertos—.

Llevas toda la semana inspeccionando mi vida.

Primero el mensaje, luego la reunión en tu despacho, hoy la comida...

¿Qué buscas, Naia? ¿Estás esperando a que dé un paso en falso para poder decirle a todo el mundo 'veis cómo no ha cambiado nada'?

—¡Busco saber si estás bien! —exclamé, perdiendo la paciencia y poniéndome de pie en la mesa—. ¡Busco saber si se puede confiar en ti de una puta vez sin que tengamos que estar todos con el corazón en la boca!

El silencio que siguió a mi grito fue devastador.

Aritz me miró con una mezcla de dolor inmenso y una frialdad absoluta. Se levantó despacio de la silla, cogió a Liam del brazo con suavidad y le dio un beso en la frente.

—Papá, quédate con el niño un momento —dijo Aritz con una voz tan baja que casi parecía un susurro—. Nos vamos a casa.

—Aritz, no hagas esto... —suplicó mi madre, levantándose también.

Él no respondió. Cogió su cazadora del perchero, miró a Naia y cruzó la puerta. El golpe de la cerradura hizo callar a todos.