CAPÍTULO 42 (Aritz)
El domingo llegó envuelto en una niebla pesada que amenazaba con convertirse en lluvia.
Pasé la mañana en el estudio intentando limpiar el sensor de la cámara, pero las manos me temblaban levemente.
Dani me observaba desde la esquina del taller, donde rellenaba los botes de tinta.
No decía nada, y le agradecí el silencio.
Sabía perfectamente que aquella comida en casa de mis padres no era un reencuentro cálido; era un juicio con los platos servidos.
A las dos de la tarde llegué al portal de mis padres. Liam iba cogido de mi mano, saltando los adoquines de la entrada y ajeno por completo a la carga que yo arrastraba en los hombros.
Subimos el ascensor en silencio. Al abrirse las puertas, el olor a asado familiar y a cera para muebles me recibió como un impacto directo en el estómago.
Era el olor de mi infancia, pero también el de todas las noches en las que volvía tarde y me encontraba la luz del pasillo encendida y la mirada decepcionada de mi madre al fondo.
Naia ya estaba allí.
Estaba sentada en el sofá de piel del salón, vestida con un jersey claro, manteniendo una conversación educada con mi padre sobre los impuestos del trimestre. Cuando la puerta del recibidor sonó, se puso de pie de inmediato.
—¡Liam! —exclamó mi madre, saliendo de la cocina con el delantal puesto y los brazos abiertos.
Mi hijo corrió hacia ella, rompiendo la tensión del pasillo durante unos segundos. Mi padre se levantó despacio, me dio una palmada rígida en la espalda y un «¿qué tal, Aritz?» que sonó más a formalidad que a afecto.
Naia y yo nos cruzamos la mirada por encima de la mesa de centro. No hubo abrazos. Solo un asentimiento helado por ambas partes.
—Bueno —dijo mi padre, señalando la mesa del comedor—. Vamos a sentarnos antes de que se enfríe la comida.