LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 41 (Aritz)
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CAPÍTULO 41 (Aritz)

A la mañana siguiente, la luz entró cruda en el estudio.

Había pasado la noche en vela, dando vueltas en el sofá del taller. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba a Naia en la sala de reuniones acusándome de hacer un drama de todo, o la voz de mi terapeuta recordándome que las dinámicas familiares no cambiaban de la noche a la mañana.

A las diez, el timbre de la puerta del estudio sonó con insistencia.

Dani salió del cuarto oscuro con las manos manchadas de fijador y fue a abrir. Cuando tiró de la manilla, me quedé inmóvil junto a la mesa de luz.

Naia estaba de pie en el umbral. Llevaba unos vaqueros, una cazadora sencilla y el pelo recogido en una coleta improvisada, sin rastro del traje ejecutivo de la oficina. En la mano llevaba una caja grande envuelta en papel de regalo.

—Hola —dijo, mirando a Dani con cierta timidez antes de fijar los ojos en mí—. ¿Está... está Liam?

Dani me miró de reojo, evaluando la situación en un segundo.

—Está en el taller del fondo terminando unos dibujos —dijo Dani con frialdad profesional, echándose a un lado para dejarla pasar—. Pasa.

Naia entró despacio, mirando a su alrededor con curiosidad retenida. El olor a tinta, a barniz y a café era una galaxia entera alejada de su despacho de abogados. Dejó la caja sobre la mesa de trabajo entre los dos.

—Le he traído esto a Liam —dijo, acariciando el borde del paquete con timidez—. Es un juego de construcción. De los que le gustan.

Me acerqué a la mesa con los brazos cruzados, sintiendo un nudo de desconfianza apretándome el pecho.

—No hacían falta regalos, Naia.

—No es un chantaje, Aritz —se defendió ella de inmediato, bajando la voz para que no la oyeran desde el fondo—. Solo quería verle. Y... quería decirte que ayer hablé con Maka.

Hice un gesto de fastidio.

—Genial. Así que ya sabéis todo en el bufete. El perito desastre y la hermana perfecta.

—¡No es eso! —suplicó ella, dando un paso adelante—. Maka me preguntó si tenías razón. Si de verdad soy una jueza que cierra la puerta con llave.

Me la quedé mirando en silencio. Tenía unas ojeras marcadas bajo los ojos y los labios apretados en una línea de tensión.

—¿Y qué le dijiste? —pregunté.

—Le dije que no lo sabía —admitió Naia en un susurro, con los ojos brillando por las lágrimas contenidas—. Pero quiero saberlo, Aritz. Quiero intentar entender dónde estamos. Hagamos una comida este domingo. En casa de los padres. Tú, yo, Liam y ellos. Como antes.

Solté un bufido amargo, negando con la cabeza.

—¿"Como antes"? ¿De verdad te crees que se puede montar una comida familiar de domingo después de diez años de desprecio y ocho meses de rehabilitación en secreto?

—Podemos intentarlo —insistió ella, agarrándome por la manga de la cazadora con desesperación—. Por favor, Aritz. Solo una comida. Demuéstrame que tú también quieres arreglar esto.

Ese "demuéstrame" volvió a sonar a examen. A prueba de fuego. A la misma balanza de siempre donde ella ponía las condiciones y yo tenía que pasar el control de calidad.

Apreté los dientes, sintiendo una punzada de rabia corrosiva subiéndome por la garganta.

—Está bien —sentencié con voz helada—. El domingo en casa de los padres. Pero si vas a venir a fiscalizar mi vida y a juzgar si estoy suficientemente "curado" para tu gusto, Naia, te juro que va a ser la última vez que me veas la cara.