CAPÍTULO 40 (Naia)
El sonido de la llamada cortada retumbó en mi oído.
Me quedé parada bajo la marquesina de la parada del autobús, con el agua escurriéndose por la solapa del abrigo. «No lo hagas por remordimiento de conciencia». La frase de Aritz se me clavó como un estilete en las costillas.
Llegué a casa pasadas las nueve. El piso olía al guiso de verduras que Mikel estaba preparando. Saló a mi encuentro con un trapo de cocina en la mano y una sonrisa paciente, pero en cuanto me vio la cara, su expresión cambió.
—Naia, ¿dónde estabas? Te he llamado tres veces —dijo, acercándose para quitarme el abrigo mojado—. Estás empapada.
—He estado dando un paseo —mentí, mirando fijamente las losetas brillantes del pasillo—. Tenía la cabeza embotada con la auditoría del bufete.
Mikel me miró con preocupación, tomándome suavemente de las manos.
—Has estado rarísima toda la semana, cariño. Si hay problemas en la oficina con el caso de Maka, háblalo conmigo. No te lo tragues todo sola.
—No es la oficina, Mikel —solté de golpe, sintiendo que la mentira me quemaba la garganta. Me solté de sus manos con cierta brusquedad—. Es mi hermano.
Mikel se quedó petrificado en mitad del pasillo. La mención de Aritz en nuestro piso era un tabú implícito, un fantasma del que solo hablábamos cuando llamaban de urgencia para resolver una crisis.
—¿Aritz? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Qué ha pasado ahora? ¿Vuelve a necesitar dinero? ¿Ha vuelto a meterse en un lío?
Ese tono —la asunción automática de que Aritz solo significaba problemas, dinero o desastre— fue exactamente el mismo que yo había usado durante una década. Escucharlo en la boca de Mikel me produjo una náusea repentina.
—No necesita dinero —contesté con la voz temblando de rabia—. Lleva ocho meses en rehabilitación. Y yo me he enterado hoy.
Mikel parpadeó, descolocado.
—Bueno... me alegro por él, Naia. Pero no entiendo por qué te pones así. Si no te lo ha dicho antes es porque sabe el daño que te ha hecho durante años. Pusiste distancia por tu salud mental, ¿recuerdas? Tú misma me dijiste que era un pozo sin fondo.
—¡Es mi hermano, Mikel! —se me escapó un grito que resonó en el pasillo pulcro—. ¡Y tiene un hijo al que no veo desde hace meses!
Mikel dio un paso atrás, sorprendido por la violencia de mi reacción.
—Yo solo intento protegerte, Naia —dijo en voz baja, levantando las manos en señal de paz—. Siempre has dicho que tu familia de origen te arrastra. No entiendo por qué ahora de repente cambias el discurso.
Me quedé mirándolo. Mikel no tenía la culpa de haber creído la historia que yo misma le había contado durante años. Aun así, cuando intenté explicárselo, me escuchó como si estuviera hablando de otra familia.