CAPÍTULO 38 (Aritz)
En el estudio, la tarde se convirtió en algo extrañamente cálido.
Dani había puesto música suave en el taller y le había prestado a Liam un bloque de papel de bocetos y un par de lápices de grafito blando.
Liam estaba sentado en el suelo, concentrado en calcar la silueta de un objetivo de cámara, sacando la punta de la lengua con esa fijación casi obsesiva que me recordaba tanto a mí mismo a su edad.
—Tiene buen trazo el chaval, Etxeberria —comentó Dani por lo bajo, acercándose a mi mesa con dos tazas de manzanilla.
—Es demasiado listo para su propio bien —sonreí, mirando a mi hijo desde arriba—. Gracias por dejar que se quede un rato, Dani.
—Sabes que esta es su casa —respondió Dani, dándome un golpecito en el hombro—. Además, le viene bien al taller un poco de vida.
Hacia las ocho, el teléfono de la mesa sonó. Era un número fijo que no tenía guardado, pero reconocí el prefijo de inmediato.
Descolgué con cautela.
—¿Aritz? —la voz al otro lado sonó temblorosa, insegura, ahogada por el ruido del tráfico de fondo.
Era Naia.
Me quedé en silencio un segundo, escuchando su respiración al otro lado de la línea. Dani levantó la vista del cuaderno de bocetos, intuyendo al instante quién estaba al teléfono, y le hizo una señal a Liam para ir a la trastienda a buscar unos colores.
—Naia —dije con voz neutra, apoyando la mano libre en el borde de la mesa—. ¿Pasa algo?
—No... no pasa nada —se apresuró a decir ella, y pude oír un trago de saliva difícil—. Estoy... estoy en la calle, cerca de la plaza. Sé que no debería llamar después de lo de esta mañana en la firma, pero...
Se interrumpió. Hubo una pausa larga en la que solo se oía el sonido de los coches pasando sobre el asfalto mojado.
—¿Pero qué, Naia? —pregunté, sintiendo que el pulso se me aceleraba ligeramente.
—¿Está Liam contigo? —preguntó en un susurro casi imperceptible—. Es solo que... me he dado cuenta de que no sé nada de él. Y quería saber si estabais bien.