CAPÍTULO 37 (Naia)
Pasé el resto de la tarde en mi mesa, sumergida en una especie de trance robótico. Firmé documentos, respondí correos y organicé los expedientes del trimestre, pero mi mente estaba completamente desconectada de la oficina.
Maka no volvió a sacar el tema. Pasó un par de veces por mi lado para dejarme carpetas y se limitó a darme una mirada comprensiva, dándome el espacio que sabía que necesitaba.
A las siete de la tarde no aguanté más. Recogí mis cosas, me puse el abrigo y salí a la calle.
En lugar de coger el metro hacia mi piso, me descubrí caminando sin rumbo fijo por el barrio antiguo.
La lluvia fina empezaba a calar la tela del abrigo, pero no me importó.
Las palabras de Aritz seguían repitiéndose en mi cabeza, una y otra vez: «Para tus padres nunca tienes tiempo, para Liam tampoco, y para mí menos».
Me detuve frente al escaparate de una librería infantil. En el centro del cristal había una colección de cuentos de aventuras con ilustraciones coloridas.
Me acordé de Liam. Hacía casi cuatro meses que no lo veía.
La última vez fue en su cumpleaños, una visita rápida de media hora en la que le dejé un paquete envuelto en la entrada porque tenía una cena de empresa con Mikel.
Recordaba vagamente su cara de decepción cuando le dije que no podía quedarme a probar el juego de mesa con él.
Saqué el teléfono del bolsillo. La pantalla mostraba dos llamadas perdidas de Mikel preguntando a qué hora llegaba a cenar. No le respondí.
Abrí la galería de fotos del móvil y busqué hacia atrás hasta encontrar una foto de hace tres años: Aritz en el parque, con Liam a hombros, los dos riéndose a carcajadas con el pelo despeinado por el viento.
Me pasé la yema del pulgar por la pantalla, sintiendo una opresión helada en el pecho.
Toda mi vida impecable, la estabilidad de mi relación, la tranquilidad de mi rutina...
todo parecía una cáscara vacía si al otro lado del muro mi hermano estaba intentando reconstruir su vida desde los escombros y yo ni siquiera conocía a mi propio sobrino.