CAPÍTULO 34 (Aritz)
En la entrada del centro se mezclaban el olor a limpiador y el café de la máquina. Me senté en la silla de skai verde de la consulta de Marta, cruzando las manos sobre las rodillas mientras el segundero del reloj de pared avanzaba con un tic-tac pesado y constante.
—Me crucé con ella —solté de repente, sin preámbulo.
Marta dejó de escribir en su libreta, levantó la vista por encima de las gafas de montura fina y me miró con esa calma milimétrica que a veces me sacaba de quicio.
—¿Con Naia?
—En el despacho donde trabaja. Fui a entregar unas periciales del caso de Maka y estaba allí.
Fue un desastre, Marta —pasé las manos por mi cara, sintiendo la piel áspera y caliente—.
Empezamos a discutir como críos. Le solté lo del centro, lo de los diez años, lo fría que ha sido siempre...
y ella me devolvió cada reproche multiplicado por diez.
Me dijo que soy un drama con patas, que siempre lo llevo todo al extremo.
—¿Y tú qué sentiste cuando te dijo eso, Aritz? —preguntó ella con voz pausada, inclinándose ligeramente hacia adelante.
—Rabia. Y luego un vacío de mierda —admití, apretando la mandíbula—.
Porque aunque duele oírlo, sé de dónde viene.
Siempre he sido el desastre de la casa. El que se equivoca, el que chilla, el que rompe los jarrones.
Pero ella... ella se cree que por no romper nada ya tiene derecho a erigirse en juez y verdugo de todo el mundo.
Marta asintió despacio, apuntando algo breve en el papel.
—Las dinámicas familiares de diez años no se rompen con una sola conversación en una cafetería ni en un pasillo de oficina, Aritz.
Lo que pasó hoy demuestra que ambos siguen atados a los mismos roles: tú el que explota, ella la que se distancia para juzgar.
Pero hay una diferencia sustancial respecto a hace un año.
—¿Cuál? —pregunté con escepticismo.
—Que esta vez lo has hablado. No te has ido a buscar una vía de escape rápida. Estás aquí, sentado en esta silla, hablando de ello. Ese es el verdadero trabajo duro.