CAPÍTULO 33 (Naia)
Me quedé en mitad de la sala B durante casi cinco minutos, rígida como una estatua, mirando la superficie de cristal de la mesa donde hasta hacía un instante estaba la carpeta de Aritz.
El silencio en la sala se volvió ensordecedor. Las palabras de mi hermano flotaban en el aire con un peso tóxico: «Para la familia de tu novio sí hay agenda... Tu familia de verdad te estorbaba porque no te servía para la foto bonita».
Sentí un vacío helado en el estómago, una náusea repentina que me obligó a apoyarme en el respaldo de una de las sillas giratorias.
—¿Naia?
La voz de Maka me hizo dar un brinco. Estaba en el marco de la puerta, vestida con su traje de chaqueta oscuro, mirando la pantalla de su teléfono con el ceño fruncido antes de levantar la vista hacia mí.
—Te estaba buscando. ¿Ha venido ya el perito del taller? Me han dicho en recepción que había subido a esta planta, pero no me ha dejado las copias para el juzgado.
Tragué saliva, intentando desesperadamente recomponer el rostro, pero las manos me temblaban tanto que no fui capaz de disimular cuando solté la libreta sobre la mesa.
—Sí... ha venido —atiné a decir, con una voz que apenas reconocí como la mía—. Se... se ha ido ya.
Maka dio dos pasos dentro de la sala, estudiando mi cara con la lucidez y el instinto analítico que usaba en los tribunales. La soltura y el tono desenfadado que solía tener fuera de las vistas desaparecieron de golpe.
—Oye... estás pálida, Naia. ¿Te encuentras bien? ¿Ha pasado algo con las pruebas del caso?
Me froté la frente; detrás de los ojos empezaba a instalarse un dolor persistente.
—No es el caso, Maka —murmuré, sintiendo que la garganta se me cerraba—. El fotógrafo... el técnico que contrataste para el peritaje...
Maka parpadeó, confundida.
—¿Aritz? ¿Qué ha pasado con él? ¿Os habéis cruzado?
Me cubrí la cara con las manos, incapaz de sostenerle la mirada a mi compañera. Toda la coraza de control, las estructuras pulcras que había construido durante diez años para mantener a salvo mi vida profesional y personal, acababan de saltar por los aires.
—Es mi hermano, Maka —confesé en un susurro roto—. Aritz es mi hermano.