LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 32 (Aritz)
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CAPÍTULO 32 (Aritz)

La puerta de cristal se cerró tras de mí con un chasquido suave, estanco, que cortó el aire tenso de la sala B.

Caminé a paso rápido por el pasillo moquetado de la tercera planta, con la correa de la mochila clavándoseme en el hombro.

Los empleados de la consultora no me miraban; hablaban por teléfono, tecleaban en sus mesas ordenadas o caminaban con tazas de café en la mano.

Para ellos, yo era solo un técnico más que venía a dejar unos papeles.

Al llegar al vestíbulo, me metí en el ascensor. Al quedarse las puertas cerradas y empezar a bajar, apoyé la espalda contra el espejo del fondo y solté el aire de golpe, sintiendo un temblor sordo en las rodillas.

El perfume de Naia. La libreta de marca. La forma en que miró la cazadora gastada que llevaba puesta, como si temiera que el olor a taller o a humo de cigarrillo fuera a manchar la alfombra del pasillo.

—Juez y verdugo... —murmuré para mí mismo, sintiendo una punzada de rabia amarga en la garganta.

Salí a la calle. El sol brumoso de la mañana iluminaba el asfalto mojado. Saqué el teléfono y busqué el contacto de Dani, pero volví a guardarlo sin llamar. No quería un sermón. Tampoco quería la mirada de pena de Manu.

Me subí a la moto y arranqué el motor, sintiendo cómo la vibración del escape me devolvía un poco de centro.

A las doce tenía cita en el centro de adicciones, la sesión individual con el terapeuta.

Durante meses había ido a desgano, por cumplir la pauta, por acallar las alarmas de la familia.

Pero mientras cruzaba la ciudad bajo el cielo gris, con las palabras de Naia resonándome en la cabeza —«siempre haces un drama de todo»—, me di cuenta de que si no apretaba los dientes hoy, esa misma noche terminaría en el fondo de un vaso o en el rincón más oscuro del estudio.