CAPÍTULO 31 (Naia)
Ver a Aritz en la tercera planta de la consultora me descolocó más de lo que quise mostrar.
Yo había bajado esperando revisar un informe técnico con un profesional al que no conocía.
En lugar de eso, tenía delante a mi hermano, con su cazadora gastada y una carpeta que parecía pesar más de lo que contenía.
Lo primero que sentí fue enfado; lo segundo, vergüenza por haber sentido alivio al comprobar que estaba allí, entero, delante de mí.
Me aferré a la libreta y a las normas de la reunión.
Si conseguía convertir aquello en un asunto de trabajo, quizá no tendría que pensar en el mensaje de madrugada ni en la visita al estudio.
Él interpretó mi rigidez como rechazo. No era una lectura injusta. Yo también estaba usando el espacio profesional como una barrera, aunque me repetía que solo intentaba mantener las cosas en su sitio. El problema era que Aritz nunca había cabido en el sitio que yo le había reservado.
Terminamos hablando de los diez años de distancia sin nombrarlos de verdad.
Cada frase parecía responder a una discusión anterior, no a la que teníamos delante.
Cuando intenté explicar por qué me había apartado, oí mi propia voz sonar como una declaración preparada.
No conseguí hacerle entender el miedo que había debajo; él tampoco consiguió hacerme entender el suyo.
Lo que más me dolió no fue que me acusara de haberlos borrado.
Fue reconocer que, desde fuera, mi ausencia debía de parecer exactamente eso.
Había seguido trabajando, cumpliendo horarios y llegando a las comidas familiares de Mikel.
De Liam sabía lo suficiente para decirme que no lo había abandonado, pero no lo suficiente para conocer al niño en el que se estaba convirtiendo.
Cuando Aritz se marchó, nadie en la sala dijo nada durante unos segundos. Recogí los documentos y comprobé dos veces que no me dejaba ninguna hoja. Era una tarea absurda, pero podía hacerla sin que me temblara la voz.
En el ascensor me preparé para volver a mi despacho y continuar con la jornada.
La reunión había terminado; el informe seguía pendiente y la empresa esperaba una respuesta.
Todo eso era cierto. También lo era que, desde que había visto a mi hermano, no había leído una sola línea de la carpeta que llevaba bajo el brazo.
No lo llamé aquella tarde. Guardé su número en favoritos y dejé el móvil en el cajón.