CAPÍTULO 29 (Naia)
A las nueve y media de la mañana, la planta de gestión de la consultora ya era un hormiguero de llamadas, fotocopiadoras en marcha y tacones repicando contra el linóleo.
Estaba en mi mesa revisando los cuadros de mando cuando Maka pasó por mi lado a paso ligero, con una taza de café en una mano y una carpeta en la otra.
—Naia, al final el fotógrafo viene para acá en veinte minutos —me soltó sin frenar, apoyándose en el borde de mi divisoria—. Le he dicho que me traiga las muestras del bastidor aquí porque me han metido una reunión de urgencia a las diez y cuarto con la dirección.
Levanté la cabeza del ordenador, parpadeando.
—¿El perito del taller? Pensaba que ibas a ir tú a su estudio.
—Imposible, se me ha descompuesto la mañana —suspiró Maka, dándole un sorbo a su taza—.
Mira, cuando llegue dile a recepción que pase directamente a la sala de reuniones pequeña.
Revisa las fotos con él y comprueba que se ve bien la matrícula del proveedor antes de que me meta en la reunión. Son cinco minutos.
—Maka, yo tengo que terminar la auditoría del departamento... —intenté excusarme, sintiendo una punzada absurda de rechazo sin saber muy bien por qué.
—Por favor, doña Cuadriculada —me suplicó Maka, juntando las manos con gesto dramático—. Solo es echarle un ojo a las ampliaciones para confirmar que tenemos la prueba clara. Te debo un menú del día.
Suspiré, cediendo a la presión cotidiana del trabajo.
—Está bien. Que te avisen de recepción cuando llegue y me acerco a la sala pequeña.
Maka me lanzó un beso en el aire y desapareció por el pasillo.
Volví a mirar la pantalla del ordenador, intentando concentrarme en los números, pero una inquietud sorda empezó a instalarse en mi pecho. Me arreglé el cuello de la camisa, me pasé las manos por la falda para quitarme las arrugas inexistentes y miré el reloj de la pared.
Nueve y cincuenta.
El aviso de la centralita sonó en mi teléfono tres minutos después.
—Naia, tienes abajo al técnico de la pericial fotográfica. Le he dado el pase para la tercera planta.
—Gracias, Elena. Dile que espere en la sala B.
Me levanté de la silla, cogí un bolígrafo y una libreta por pura inercia profesional y caminé por el pasillo moquetado hacia la zona de cristaleras donde se situaban las salas de reuniones.
La puerta de la Sala B estaba entreabierta. Una silueta masculina estaba de espaldas a la entrada, mirando por la ventana hacia el patio interior del edificio, con una mochila de fotografía apoyada sobre la mesa de cristal.
—Hola, buenos días —dije, empujando la puerta de cristal mientras entraba—. Soy Naia, la responsable de gestión. Maka me ha dicho que traías el material del taller...
El hombre se giró despacio al escuchar mi voz.
Las palabras se me congelaron instantáneamente en la garganta. La libreta que llevaba en la mano estuvo a punto de resbalárseme de los dedos entumecidos.
Aritz estaba parado al otro lado de la mesa. Llevaba su cazadora de cuero desgastada, las manos metidas en los bolsillos y una carpeta negra de negativos bajo el brazo.
Nadie respondió enseguida. Desde el pasillo llegó el sonido de la impresora y alguien preguntó si quedaba café.