LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 28 (Aritz)
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CAPÍTULO 28 (Aritz)

El martes amaneció con esa luz brumosa y fría típica de primera hora de la mañana, cuando las calles aún no han terminado de despertarse.

Llegué al taller mecánico a las ocho en punto. El dueño me abrió la puerta lateral entre gruñidos y con un termo de café humeante en la mano. El lugar olía a aceite quemado, caucho viejo y humedad acumulada en el foso.

—Tienes media hora antes de que vengan los chavales del turno de mañana —me dijo, señalando con el mentón el vehículo accidentado que descansaba sobre los caballetes—. No quiero líos con el seguro ni con los peritos de la aseguradora. Haces las fotos que necesites y te vas.

—Descuida —respondí, colgándome la correa de la réflex al cuello—. Solo necesito confirmar un par de detalles en el número de bastidor y en la zona del alabeo.

Me agaché junto al chasis. La cámara se sentía sólida y pesada entre las manos, un ancla de metal que me obligaba a mantener los ojos bien abiertos y la mente en el presente.

Pasé veinte minutos minuciosos ajustando la lente de macro, fotografiando los restos de pintura reciente en la junta de la aleta trasera y el troquelado manipulado del bastidor.

El trabajo técnico tenía la virtud de anestesiarme.

Mientras encuadraba y medía la entrada de luz, no pensaba en el centro de rehabilitación, ni en los remordimientos de Naia, ni en la fragilidad con la que me despertaba a veces a mitad de la noche.

Solo existían la textura del metal, la luz y la sombra.

A las ocho y media guardé la cámara en la mochila rígida, me despedí del mecánico con un gesto de cabeza y salí a la calle.

El teléfono me vibró en el bolsillo justo cuando cruzaba la acera. Era Dani.

Dani: Maka ha cambiado los planes. Dice que no le da tiempo a pasar por el estudio este mediodía porque tiene reunión ejecutiva en la oficina. Quiere que le lleves las tarjetas de memoria y un par de copias de prueba a la consultora a las diez.

Me quedé parado en la esquina, con el vapor de mi propia respiración deshaciéndose en el aire frío.

Saber que tenía que pisar el edificio donde trabajaba Naia me dio un vuelco leve en el estómago. Pero la voz de Dani retumbó en mi cabeza: «No le debes nada a nadie, Etxeberria. Es un trabajo. Entras, entregas el material a Maka y te te vas».

—Está bien —murmuré para mí mismo, ajustando la correa de la mochila en el hombro—. Solo es una entrega.