CAPÍTULO 23 (Naia)
Sus palabras me golpearon en el pecho con la fuerza de un puñetazo físico.
Quería responder, quería sacar a relucir las noches que pasé en vela de adolescente sufriendo por sus altibajos, el miedo reprimido que me llevó a construir un muro alrededor de mi vida para no terminar rota.
Pero la mirada de Aritz no era la de un acusado; era la de alguien profundamente dolido y agotado de pelear solo.
—Si estás mal otra vez... —empecé a decir, buscando desesperadamente recuperar el control de la conversación—. Si necesitas algo...
Aritz se quedó en silencio un segundo. Una pausa densa, en la que su mandíbula se tensó hasta marcarse con fuerza bajo la piel.
—¿Crees que estoy mal "otra vez", Naia? —preguntó con una voz tan baja que apenas la escuché por encima del murmullo del local—. Ese es el problema. Te crees que sabes lo que me pasa porque de vez en cuando te llega un eco lejano.
—Entonces cuéntame —exigí, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba—. Si tan equivocada estoy, explícame qué demonios está pasando.
Él me sostuvo la mirada. Sus ojos oscuros estaban cargados de un cansancio antiguo, pero también de una verdad afilada que llevábamos meses —y años— esquivando.
—Llevo ocho meses en un centro de adicciones, Naia —soltó de golpe.
Las palabras cayeron sobre la mesa con la contundencia de un bloque de plomo.
Me quedé petrificada. El aire pareció evaporarse alrededor de mi taza de té.
—¿Qué...? —alcancé a musitar, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.
—Lo que oyes. Terapia de grupo, seguimiento estricto, días enteros intentando no romperme —continuó Aritz, sin apartar los ojos de los míos—.
Mis padres lo saben. Manu está al pie del cañón desde el primer día, igual que Dani como siempre.
Toda esa gente, que a ti no te gusta porque no dan la talla nunca ¿te acuerdas?
Hasta mi ex echa una mano con los horarios de Liam para cuadrarlo todo.
Todo el mundo lo sabe. Menos tú. Todos son más familia y mas cercanos que mi propia hermana.
El golpe fue tan brutal que me dejó sin respiración.
—¿Papá y mamá lo saben...? —repetí, con un hilo de voz tembloroso—. ¿Y por qué nadie me ha dicho nada? ¿Por qué me he enterado hoy, de esta manera?
Aritz se inclinó despacio sobre la madera, con una mezcla de dolor y fría resignación en el rostro.
—Porque no estás, Naia. Porque cuando alguien decide marcharse y construir una vida a prueba de bombas lejos de los problemas, los demás aprenden a no molestar. Dejamos de avisarte porque ya no formabas parte de esto. Tú te borraste sola.
La verdad de sus palabras me cayó encima con el peso de una losa insoportable.
Toda mi coartada, la narrativa de la hermana sensata que se había alejado por su propio bien, se desmoronó en mil pedazos.
No me habían ocultado la verdad por rencor; me habían dejado fuera porque yo misma me había convertido en una extraña.
—Aritz, yo no sabía... —empecé a decir, sintiendo que las lágrimas me quemaban las pestañas.
—Ese es el resumen de tu vida de los últimos diez años, Naia: que no sabes nada —sentenció él, poniéndose de pie de un salto y cogiendo su cazadora del respaldo de la silla—.
Así que ahórrate las lágrimas y los remordimientos de última hora.
Sigue con tu vida perfecta en tu piso impecable. Ya nos apañamos los demás como podemos.
Se dio la vuelta y se marchó sin mirar atrás. Me quedé sola en la mesa del fondo. El camarero pasó a recoger una taza de la mesa de al lado y me preguntó si quería algo más.