LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 22 (Aritz)
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CAPÍTULO 22 (Aritz)

La mesa de la cafetería era demasiado estrecha para soportar diez años de ausencias.

Pedí un café solo que dejé enfriarse en la porcelana. Naia estaba enfrente, recta, con las manos cruzadas sobre el abrigo, mirando a su alrededor con esa pátina de superioridad y prisa que usaba como escudo desde que entró a trabajar en el bufete.

—Bueno —dijo ella, mirando el reloj de reojo—. Dijiste que querías hablar fuera del estudio. Habla, Aritz. Tengo que estar en casa a las ocho.

Ese gesto —mirar la hora, poner fecha de caducidad a un reencuentro— fue como un rasguño en una herida vieja.

—Siempre tienes prisa para esto, ¿verdad, Naia? —murmuré, apoyando los antebrazos en la madera—. Para venir al estudio a pedir explicaciones por un mensaje de madrugada sí tienes tiempo, pero para saber cómo estoy un martes cualquiera no.

Naia suspiró con cansancio, echándose hacia atrás en la silla.

—No empieces, Aritz. Sabes perfectamente por qué pongo distancia. Durante años, cada vez que sonaba el teléfono a deshoras era para un problema tuyo. Una bronca, una racha mala, un desastre. Aprendí a no cogerlo porque si no, tu vida devoraba la mía.

Solté una risa corta, llena de una amargura insoportable.

—Esa es la mentira que te has contado para dormir tranquila con Mikel, ¿a que sí?

—le espeté, fijando la mirada en la suya—.

Que solo te busco para los problemas. ¿Dónde estabas cuando me divorcié, Naia?

Te mandé tres mensajes. Ni me llamaste. ¿Dónde estabas cuando Liam cumplió los tres años? Tampoco apareciste.

—¡Tenía trabajo en el despacho! —se defendió, subiendo un tono la voz.

—¡Tenías excusas! —la interrumpí, apretando los dientes—.

Yo he sido el que se ha equivocado siempre, el que lo ha hecho todo mal en esta familia, pero fui el único que intentó juntar los pedazos.

Tú simplemente te borraste. Decidiste que estar cerca de mí te manchaba la moqueta del salón perfecto que te has comprado.

Naia apretó la mandíbula. Le temblaba levemente el pulso sobre la mesa, pero se negó a dar un paso atrás.

—Me fui porque no podía más, Aritz. No podía seguir viendo cómo te destruías sin dejar que nadie te ayudara.

—No me fui yo, Naia. Te fuiste tú. Y lo peor es que pretendes convencerme de que me hacías un favor alejándote.