LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 21 (Naia)
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CAPÍTULO 21 (Naia)

El martes por la tarde, salir del bufete a las cinco y media me costó un esfuerzo titánico.

Mikel me había mandado un mensaje al mediodía preguntando si cenaríamos juntos o si tenía reunión con algún cliente.

Le contesté con una ambigüedad calculada —"se me alargará la tarde, no me esperes para cenar pronto"— que empezaba a parecerme demasiado habitual en las últimas semanas.

La culpa por la mentira sutil me pesaba en los hombros, pero el vértigo de lo que iba a pasar a las seis en punto era infinitamente mayor.

Aparqué a tres manzanas de la plaza y caminé despacio bajo la llovizna fina que empezaba a empañar las farolas.

La cafetería estaba medio vacía a esa hora. Un par de clientes solitarios leían el periódico junto a las cristaleras y el camarero limpiaba la barra con desgana. Escogí una mesa al fondo, junto a la pared, desde donde se veía perfectamente la puerta de entrada.

Pedí un café con leche que apenas probé. Me dolían las sienes y tenía las manos frías, metidas en los bolsillos del abrigo.

A las seis menos dos minutos, la puerta se abrió con el chirrido habitual de los goznes.

Aritz entró buscando con la mirada entre las mesas. Llevaba una cazadora oscura, el cuello subido para protegerse del frío y el pelo ligeramente revuelto por la humedad de la calle. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos en el fondo del local, se detuvo un instante.

El tiempo pareció ralentizarse.

Caminó hacia la mesa con paso firme, aunque con esa misma rigidez contenida del día anterior en el estudio. Se quitó la cazadora, la colgó del respaldo de la silla de enfrente y se sentó.

—Hola, Naia —dijo.

—Hola, Aritz —respondí, cruzando los dedos sobre la servilleta de papel, dispuesta por fin a escuchar todo lo que llevábamos diez años callando