CAPÍTULO 20 (Aritz)
El fin de semana pasó como un suspiro espeso, teñido de un gris opaco que no se marchaba ni con las tazas de café cargado ni con las horas frente al ordenador intentando terminar los peritajes de Maka.
Dani no volvió a mencionar el asunto, pero se quedaba cerca, rondando el estudio con la excusa de revisar el inventario de agujas o limpiar las máquinas, vigilando de reojo que no me quedara demasiado tiempo a solas con mis propios fantasmas.
Manu había pasado el sábado por la mañana para dejarme compra en la nevera y un par de libros de fotografía antigua, insistiendo en que saliera a dar una vuelta por la tarde.
No salí. Me quedé sentado en la misma silla, mirando el teléfono sobre la mesa.
El chat con Naia seguía exactamente igual: la foto de la farola, su pregunta de madrugada y mi respuesta cortante en el estudio. Ninguno de los dos había vuelto a escribir.
El domingo por la tarde, Liam vino a pasar unas horas conmigo al estudio. El crío traía la vieja cámara compacta colgada al cuello, presumiendo de haber enfocado un par de gatos en el parque sin que salieran borrosos.
—Papá, estás muy serio —me soltó Liam de repente, deteniéndose frente a la mesa de trabajo mientras revisábamos las fotos en la pantalla de la réflex.
Me quedé quieto, sujetando la cámara entre las manos. Escuchar esa palabra viniendo de él, con esa franqueza limpia que solo tienen los niños, me golpeó en el sitio exacto donde más duele.
—¿Eso crees, enano? —atiné a decirle con una sonrisa floja.
—Sí. Y mamá dice que últimamente trabajas demasiado y que casi no te veo —añadió el crío, ladeando la cabeza con curiosidad—. ¿Por qué no vienes más a casa? La tía Nai también va algunos domingos... bueno, cuando no tiene cosas del trabajo.
Las palabras de Liam cayeron sobre la madera como un recordatorio sutil de todo lo que estaba descuidando, de cómo mi propia sombra estaba empezando a proyectarse sobre su vida.
—Tengo un mes complicado, enano —le contesté con suavidad, despeinándole el flequillo para ocultar el nudo que se me había formado en la garganta—. Pero te prometo que esta semana nos tomamos un helado fuera.
Cuando Liam se marchó con su madre bien entrada la tarde, el estudio volvió a quedarse en un silencio denso.
Miré el reloj. Las siete.
Cogí el teléfono móvil de la mesa. Me pasé los dedos por la barba crecida, sintiendo el cansancio acumulado de semanas enteras intentando sostener el mundo con palillos.
Pensé en el sermón de Dani, en la preocupación de Manu, y sobre todo, en la mirada de Naia el jueves pasado: esa mezcla de rabia y desprotección que se me había quedado grabada a fuego.
No iba a esperar a que un mensaje de medianoche volviera a dinamitar lo poco que quedaba entre nosotros.
Abrí el chat de Naia. Borré un par de líneas antes de empezar a escribir, buscando algo que estuviera a medio camino entre la urgencia y el respeto.
"¿Tienes un rato el martes por la tarde? Podríamos vernos en algún sitio neutral. Fuera del estudio. Fuera de todo."
Le di a enviar antes de arrepentirme.
Los dos ticks grises se volvieron azules casi de inmediato. Vi el aviso de que ella estaba escribiendo... y luego se detuvo. El indicador desapareció.
Pasaron diez minutos eternos de pantalla estática, hasta que el teléfono vibró sobre la madera.
"El martes a las seis. En la cafetería de la plaza."