CAPÍTULO 19 (Naia)
Antes de la ruptura definitiva, el matrimonio de Naia y Mikel no se rompió por un grito o una infidelidad cinematográfica, sino por una acumulación asfixiante de silencios.
Una noche cualquiera, en la cocina de su piso impecable, Mikel doblaba las camisas del trabajo con una precisión matemática, alineándolas en la balda del vestidor.
Naia estaba sentada en la isla de granito, con una taza de té tibio entre las manos, mirando fijamente la pantalla apagada de su tableta.
—El sábado que viene vienen mis padres a cenar —comentó Mikel con voz calmada, sin levantar la vista de la ropa—. He pensado en hacer el cordero asado. A ti te sale muy bien, pero, si estás cansada con lo de la auditoría, lo encargo al catering de siempre.
—Como quieras, Mikel —respondió ella de manera mecánica.
—¿Te pasa algo, Naia? Llevas tres días que pareces un fantasma en casa. Si es por el informe del bufete, sabes que puedes delegar en los adjuntos. No tienes que cargar con todo el peso del departamento.
Naia miró a su marido. Era un hombre bueno, predecible, limpio de aristas.
Nunca le había fallado en nada importante.
Jamás había dejado un plato sin fregar ni una palabra fuera de lugar.
Y, sin embargo, en ese preciso instante, Naia sintió que preferiría mil veces una discusión a gritos antes que la perfecta e implacable comodidad de aquella rutina.
—No es el informe, Mikel —dijo ella en voz baja.
—¿Entonces qué es? ¿Tu hermano otra vez?
—Mikel detuvo el movimiento de sus manos, suspirando con una mezcla de paciencia y fatiga contenida—.
Naia, te lo he dicho mil veces. Aritz es un pozo sin fondo.
Por mucho que te acerques, solo vas a conseguir que te arrastre a su lodo.
Nosotros tenemos una vida estable, limpia. ¿Por qué insistes en mirar hacia atrás?
—Porque mirar hacia atrás es lo único que me recuerda que estoy viva, Mikel —soltó ella, sin planear decirlo, con una crudeza que dejó helado el aire de la cocina.
Mikel se quedó inmóvil, con una camisa a medio doblar entre las manos. La miró largo rato, buscando en los ojos de su esposa a la mujer con la que había planeado un futuro idéntico al de sus padres.
—Yo no me casé para vivir en una trinchera, Naia —dijo él con una tristeza sutil, dejando la camisa sobre la mesa y marchándose al dormitorio en silencio.
Mikel se marchó al dormitorio. Yo me quedé junto a la ropa doblada, con una camisa entre las manos y sin saber dónde guardarla.