CAPÍTULO 18 (Aritz)
El sonido de la puerta al cerrarse resonó en el estudio como un portazo en el estómago.
Me dejé caer de golpe en la silla de trabajo, apoyando los codos sobre la mesa y escondiendo la cabeza entre las manos.
Me temblaba todo el cuerpo. El esfuerzo por mantenerme de pie, por poner voz firme y ocultar el estropicio de la sobredosis de hacía dos días me había dejado completamente exhausto.
Naia se había ido.
Había venido movida por el susto, pero se había tropezado con el mismo muro de siempre. Mis evasivas, su coraza, los diez años de reproches acumulados que ninguno de los dos sabía cómo empezar a desarmar.
No le había contado nada. Ni del bote de pastillas, ni de Dani sacándome del baño a gritos, ni de la terapia a la que iba a rastras. Para ella, yo seguía siendo simplemente el hermano irresponsable que mandaba mensajes fuera de lugar a las dos de la mañana.
Unos minutos después, la puerta volvió a abrirse. No era Naia.
Dani entró con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora. Había estado esperando fuera, en la acera. Me miró en silencio, evaluando los daños desde el pasillo.
—Se ha ido —dijo Dani, sin necesidad de preguntar.
—Sí —murmuré sin levantar la cabeza.
—¿Le has dicho algo?
—No. ¿Qué le iba a decir, Dani? ¿Que hace cuarenta y ocho horas estabas metiéndome los dedos en la garganta para que no me ahogara en mi propio vómito?
Dani se acercó despacio, cogió una silla y se sentó enfrente.
—Tal vez sea exactamente eso lo que tendrías que haberle dicho —soltó con crudeza—. En vez de poner cara de orgullo y dejar que se marche pensando que eres un idiota.
—No puedo cargarle con esto. Ella tiene su vida. Tiene a su pareja perfecta, su casa ordenada y su trabajo. Si le suelto esto encima, la destruyo.
Dani dejó ir un resoplido amargo.
—Te crees muy noble, Etxeberria, pero solo estás siendo un cobarde. Ella ha venido hasta aquí. Ha cruzado la puerta. Eso significa que le importa un carajo tu orgullo.
No respondí. Me quedé mirando el sobre marrón del peritaje de Maka sobre la mesa.
Cincuenta y dos fotografías de una mentira montada para un juicio.
Yo era capaz de ver las trampas en las fotos de los demás, de analizar las sombras y las luces falsas con una precisión quirúrgica, pero era incapaz de mirar a mi propia hermana a los ojos y decirle la verdad.
—Tienes una conversación pendiente con ella —añadió Dani, poniéndose en pie—. Una de verdad. Sin fotos de farolas a las dos de la mañana ni frases de poeta trágico. O le cuentas lo que hay, o dejas de marearla.
Se dio la vuelta y regresó a la zona de tatuajes, dejándome a solas con el flexo encendido.
Miré el teléfono. No había ningún mensaje nuevo de Naia. Lo dejé junto al flexo y volví a la fotografía que tenía a medio revelar.