CAPÍTULO 17 (Naia)
Cerré la puerta detrás de mí y me quedé un instante con la mano en el pomo. Había ensayado aquel encuentro demasiadas veces: en el coche, en la ducha, en las noches en que Mikel dormía a mi lado y yo seguía repasando conversaciones que nunca llegaban a ocurrir.
En ninguna versión me había preparado para verlo así.
Aritz parecía más delgado; tenía la barba descuidada y una palidez que no conseguía disimular.
Me fijé en esos detalles contra mi voluntad.
Una parte de mí quería preguntarle si estaba comiendo, si dormía, si seguía yendo a terapia.
La otra me recordó por qué llevaba diez años sin hacerlo.
Había ido por el mensaje de madrugada. Eso me repetí mientras avanzaba hacia la mesa.
Necesitaba una explicación que pudiera ordenar, colocar en una carpeta y dejar atrás antes de volver al despacho.
Pero el mensaje no era lo único que me había llevado hasta allí.
Liam hacía preguntas y yo ya no soportaba responderle con evasivas.
Aritz no me ofreció una disculpa ni yo supe ofrecerle una pregunta sencilla.
En pocos minutos volvimos a ocupar nuestros lugares de siempre: él, convencido de que yo había venido a juzgarlo; yo, empeñada en demostrar que no había venido a rescatarlo.
Los dos hablábamos para defendernos antes de escuchar al otro.
Cuando mencionó a Liam, sentí el golpe donde más me dolía. Quise decirle que no había dejado de quererlos, que apartarme me había parecido la única forma de no hundirme con ellos. No lo dije. Sonaba demasiado parecido a una excusa, incluso dentro de mi cabeza.
También él tenía una versión de mí en la que todo era sencillo: yo había elegido otra familia, otra vida, y los había borrado sin mirar atrás. No era toda la verdad. Tampoco era una mentira completa. Esa era la parte que más me costaba admitir.
No arreglamos nada. Aritz no me pidió que me quedara y yo no encontré el valor para hacerlo.
Cuando me dirigí a la puerta, oí que decía mi nombre, pero no me volví.
Si lo hacía, temía que la conversación empezara de nuevo y que, esta vez, ninguno de los dos pudiera fingir que solo había venido a hablar de un mensaje.
En el ascensor abrí el móvil. Tenía una reunión en cuarenta minutos y tres correos sin contestar. Guardé el teléfono sin leerlos. En cuanto se abrieron las puertas, una mujer entró hablando por teléfono y tuve que apartarme para dejarla pasar.