CAPÍTULO 15 (Naia)
Eran casi las dos de la mañana cuando el parpadeo silencioso de la pantalla del teléfono rompió la oscuridad de la habitación.
Mikel dormía a mi lado con una tranquilidad absoluta, respirando de forma compasiva y regular, ajeno por completo al insomnio que me mantenía anclada a las sienes desde hacía horas.
Estiré la mano con lentitud, temiendo despertar a Mikel, y cogí el móvil de la mesita de noche. La luz azul me golpeó los ojos de golpe.
Un mensaje de WhatsApp. De Aritz.
Desbloqueé la pantalla con el pulso extrañamente acelerado. Lo primero que apareció fue una fotografía. Una imagen oscura, movida, tomada a través de un cristal empañado y mojado; solo se distinguía el halo difuso de una farola sobre el asfalto gris de la calle. Debajo, una única frase:
La calle sigue exactamente igual que el día que te fuiste. Menos mal que al menos el asfalto no cambia de opinión.
Me quedé petrificada, con los ojos fijos en las letras luminosas.
El corazón me dio un vuelco sordo, un golpe seco en el pecho que me cortó la respiración.
Leí el mensaje una vez. Dos. Tres. Cada palabra parecía cargar con el peso de todos los años que habíamos evitado mirarnos a los ojos.
No era un mensaje normal. No era una felicitación de Navidad ni un comentario gracioso sobre Liam.
Había en esa frase una amargura tan profunda, un desgarro tan evidente, que helaba la sangre.
Menos mal que al menos el asfalto no cambia de opinión.
¿Qué significaba aquello? ¿A qué hora había escrito eso? ¿Por qué me lo mandaba a mí, precisamente a mí, que llevaba media vida construyendo una muralla infranqueable para no tener que lidiar con sus ruinas?
Me senté en el borde de la cama, sintiendo el frío de la madrugada colarse por las rendijas de la persiana bajada. Las manos me temblaban de tal forma que casi se me cae el teléfono al suelo.
Intenté convencerme de que no debía responder.
Que era una provocación absurda, el producto de una noche insomne o de cualquier copa de más.
La lógica de mi vida con Mikel, la estructura ordenada y limpia que me había costado tanto levantar, me gritaba que dejara el teléfono boca abajo y volviera a cerrar los ojos.
La rutina dejó de servirme de excusa.
Recordé lo que Maka me había contado en el café sobre el perito, sobre ese tipo con cara de llevar un incendio por dentro. Recordé la mirada de Liam preguntando por qué nunca íbamos a casa. Y ahora, este mensaje oscuro, lanzado al vacío como un grito de auxilio disfrazado de reproche.
Me puse la bata por encima del pijama a oscuras, salí de la habitación de puntillas y crucé el pasillo hasta la cocina.
Apoyé las manos contra la encimera fría de granito, mirando la pantalla del móvil que seguía iluminada sobre la mesa. La opresión en el pecho era ya tan intensa que apenas podía tragar saliva.
Sabía perfectamente que, si contestaba o si decidía averiguar qué había detrás de aquello, mi vida ordenada —esa vida en la que nunca pasaba nada grave— dejaría de existir para siempre.
Volví a mirar la foto. La farola estaba torcida y el encuadre era malo. Aun así, no la borré.