LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 14 (Aritz)
18%

CAPÍTULO 14 (Aritz)

Durante las siguientes veinticuatro horas, el estudio olió a lejía, a sudor frío y a un silencio tan espeso que dolía respirarlo.

Dani se había pasado toda la mañana limpiando la zona del baño con una rabia silenciosa, frotando los azulejos con desinfectante como si intentara arrancar algo más que el rastro de la víspera. No me había dirigido la palabra hasta bien entrada la tarde.

Cuando por fin salió del baño con el cubo y la fregona, se detuvo frente a mí. Tenía los nudillos rojos y la mirada fija, desprovista de esa ironía cínica con la que solía maquillar todo lo que le importaba.

—Casi te mueres, Aritz —dijo su voz, ronca y baja, rompiendo el zumbido sordo de la nevera—. Aquí mismo. A tres metros de donde estoy tatuando todos los días.

—Lo sé... —murmuré, con los ojos clavados en la mesa de dibujo.

Dani tiró el trapo sobre la encimera con un golpe seco que hizo tintinear los botes de tinta.

—No, no lo sabes —espetó, dando un paso al frente con los puños apretados a los costados—.

Te crees que estás solo en el mundo, que tus movidas y tus culpas son solo tuyas.

¿Y si llego a abrir la puerta diez minutos tarde?

¿Qué ibas a hacer, eh? ¿Dejarme a mí y a Manu con este percal para el resto de nuestras vidas?

—Dani, por favor...

—No me pidas perdón —me cortó con un nudo en la garganta que apenas pudo disimular—. Si vuelves a cruzar esa línea, si te vuelves a encerrar en este estudio a jugar con pastillas, te juro por mis muertos que te rompo las piernas yo mismo antes de dejar que te marches solo. ¿Te enteras?

Se giró de inmediato, dándome la espalda para ocultar el temblor que le traicionaba en la mandíbula, y se marchó a la parte delantera del local a fumar en la puerta.

Manu llegó a última hora de la tarde, cuando la luz de la calle empezaba a apagarse. Traía la cara demacrada, con las marcas de las gafas apretadas sobre el tabique nasal y una culpa tan pesada en los hombros que ni siquiera hizo el amago de sonreír al entrar.

Se dejó caer en la silla de enfrente y me miró fijamente durante un buen rato.

—Estuve aquí anteayer, Aritz —dijo su voz, rompiendo el aire tenso del taller—.

Vi las ojeras. Vi cómo te temblaban las manos cuando me devolviste las llaves del coche.

Y aun así me fui. Dije que cada uno tiene sus tiempos.

Pero lo que pasó ayer no es solo tuyo. Es mío por mirar hacia otro lado.

Si Dani no llega a abrir esta puerta, hoy estaríamos organizando otra cosa muy distinta.

Y juro que no sé cómo iba a perdonármelo.

Se pasó las manos por la cara, frotándose los ojos con desesperación. Dani, desde el fondo, seguía sin mirar hacia nosotros, tragándose su propio miedo en silencio.

Cuando por fin se marcharon bien entrada la noche, dejándome solo con la orden tajante de que intentara dormir, me quedé sentado frente al flexo encendido. El estudio parecía más frío que nunca.

Cogí el teléfono móvil de la mesa. La pantalla parpadeaba con una oscuridad absoluta.

No tenía fuerzas para razonar. Tenía la cabeza embotada y el eco constante de las palabras de Dani resonando en las paredes.

Abrí WhatsApp. Entré en el chat de Naia.

Miré la última línea que habíamos compartido días atrás.

Mis dedos, torpes y temblorosos todavía, empezaron a escribir en la pantalla sin medir las consecuencias.

Borré tres veces lo que redacté. Al final, en un arrebato ciego y desesperado que desafiaba cualquier lógica, le envié una fotografía borrosa que había hecho con el móvil desde la ventana del estudio, enfocando únicamente el reflejo de la farola en la acera mojada, acompañada de una frase sin sentido aparente:

La calle sigue exactamente igual que el día que te fuiste. Menos mal que al menos el asfalto no cambia de opinión.

Le di a enviar antes de arrepentirme.

Dejé el teléfono boca abajo sobre la madera y cerré los ojos. Al cabo de un rato, la pantalla volvió a encenderse con una notificación que no era de ella.