LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 13 (Naia)
16%

CAPÍTULO 13 (Naia)

El jueves por la noche, el despacho ya estaba en completo silencio. Quedaban solo la luz de la pantalla del ordenador y el parpadeo constante del piloto del aire acondicionado.

Tenía delante un informe de contratos mercantiles que debía revisar antes del viernes a primera hora, pero llevaba diez minutos leyendo la misma línea sin retener una sola palabra.

Cerré los ojos y me froté el tabique nasal, intentando aliviar la tensión sorda que se me había instalado en las sienes desde la charla con Maka.

Las palabras de mi amiga —"de esos tíos que parece que llevan años intentando apagar un incendio por dentro"— seguían repitiéndose en mi cabeza como un disco rayado.

Intenté convencerme de que no era asunto mío. Aritz había elegido su camino hacía años, igual que yo había elegido el mío. Una vida predecible, limpia, sin sobresaltos.

Miré el reloj de la mesa. Las nueve y media.

Mikel me había enviado un mensaje hacía media hora diciendo que cenaría algo rápido en casa de sus padres porque se habían quedado ayudándoles con unas goteras, que no me preocupara. Todo encajaba. Todo era funcional.

Abrí el bolso buscando las llaves del coche y, al apartar la cartera, rozé el teléfono móvil.

La pantalla estaba completamente oscura. Ninguna notificación. Ningún mensaje nuevo.

Durante un segundo absurdo, experimenté un vértigo helado. Un pensamiento intrusivo, rápido y afilado como un corte de papel: ¿Y si pasa algo y nadie me avisa?

Me recosté en el respaldo de la silla de cuero, sintiendo de repente que el despacho se me hacía demasiado pequeño.

Salí al pasillo del edificio con los tacones resonando huecos contra el suelo de terrazo.

Al llegar a la calle, el aire fresco de la noche me golpeó la cara, pero no consiguió despejar la opresión que llevaba en el pecho.

Subí al coche, arranqué y puse rumbo a casa.

Pero en lugar de tomar la ruta habitual que me llevaba directa al aparcamiento del edificio, sin saber muy bien por qué, sin dar una sola orden consciente a mis manos, giré el volante hacia la zona antigua de la ciudad.

Diez minutos después, aparqué el coche en una calle oscura, a tres manzanas de aquel viejo kebab con las mesas cojeas.

Apagué el motor y me quedé allí, sentada en la penumbra, mirando a través de la ventanilla empañada. El local seguía con las luces encendidas. Vi salir a un par de clientes riéndose, compartiendo unas servilletas de papel.

Nadie me esperaba allí. Nadie sabía que estaba a dos calles.

Apoyé la frente contra el volante. Al otro lado de la calle, alguien salió del local riéndose. Esperé a que se me pasara el temblor antes de arrancar.