LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 12 (Aritz)
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CAPÍTULO 12 (Aritz)

El dolor no avisa. Simplemente se acumula en las esquinas hasta que la estructura no aguanta más.

Había sido una noche larga. El silencio del estudio, la luz fría del flexo rebotando en las fotos del peritaje y las palabras de Naia resonando en mi cabeza como un bucle sin fin. Los relojes caros solo se rompen si los abren los que no saben de maquinaria.

Creí que podía aguantarlo. Creí que las semanas de terapia, los paseos con Liam y los consejos de Manu eran suficientes para sostener la pared. Me equivoqué.

Cuando Dani abrió la puerta del estudio a las ocho de la mañana, no esperaba encontrar la luz encendida.

El bote de pastillas estaba volcado sobre la mesa de trabajo, vacío.

Varias cápsulas aplastadas rodaban por el suelo de cemento.

Y yo estaba tirado al fondo, entre el sillón de tatuar y la pared, con la espalda desencajada, respirando con una lentitud que daba miedo y con un hilo de vómito seco en la comisura de los labios.

—¡Aritz! —el grito de Dani retumbó en las paredes de hormigón.

Escuché su voz como si estuviera sumergido en agua salada. Oía el choque de sus botas contra el suelo, el ruido sordo de los guantes al caerse de la mesa y la puerta del baño golpeándose contra el marco.

—¡Joder, Aritz, mírame! ¡Abre los ojos, me cago en todo!

Me agarró de la camiseta y me incorporó de golpe. Sentí un latigazo en el cuello y una náusea violenta que me partió en dos. Dani me arrastró hasta el sanitario, sujetándome la cabeza con una mano firme mientras con la otra me metía dos dedos en la garganta sin ningún tipo de miramiento.

Devolví todo lo que tenía dentro entre jadeos agónicos y lágrimas frías que me quemaban la cara. Dani me sujetaba el pecho con fuerza, jurando en voz baja, con las manos temblándole como nunca se las había visto.

—Hijo de puta... —susurró con la voz rota por el susto, pegando su frente a mi espalda mientras yo intentaba coger aire—. Hijo de puta, Aritz... ¿Qué has hecho?

Me dejé caer contra el azulejo frío del baño, incapaz de articular una sola palabra. Tenía el cuerpo tiritando por el shock y la vista completamente desenfocada.

Dani se sentó en el suelo a mi lado, respirando con dificultad, pasándose las manos llenas de tinta por la cara. Estaba pálido.

—Pensaba que te habías ido —dijo en un susurro, mirando hacia el pasillo—. Te juro por Dios que por un segundo he pensado que te habías ido del todo.

—Lo siento... —atiné a murmurar con un hilo de voz rasposa.

—No me pidas perdón a mí —me espetó Dani, girándose hacia mí con una mezcla de rabia y desesperación pura en los ojos—. Se lo pides a tu hijo si tienes narices. O a Manu. Pero a mí no me pidas perdón mientras sigas jugando a matarte en este estudio.

Se levantó de un golpe, abrió el grifo del lavabo y me echó un jarro de agua helada directamente en la cara. El impacto me devolvió violentamente a la realidad.

Dani sacó el móvil del bolsillo con los dedos aún temblorosos.

—Voy a llamar a Manu. De aquí no te mueves hasta que estemos los dos seguros de que vas a seguir respirando.

Me quedé allí, tirado en el suelo del baño, tiritando de frío y con el estómago destrozado, entendiendo en mitad de aquella oscuridad desgarradora que esta vez había estado a un solo paso de romper el reloj para siempre.