CAPÍTULO 10 (Aritz)
El jueves por la tarde Maka apareció por el estudio sin avisar.
No traía carpetas ni expedientes bajo el brazo, sino dos cafés de vaso de cartón y una sonrisa cansada. Dani estaba limpiando una aguja en la parte trasera y salió al escuchar la puerta.
—Vaya, la abogada defensora —dijo Dani apoyándose en el marco con los brazos cruzados y una ceja alzada—. Si vienes a reclamar otro peritaje, que sepas que cobra el doble por ser tú.
Maka le miró de arriba abajo con una mezcla de diversión y desafío.
—Tranquilo, tatuador. Hoy vengo a ver al artista, no al mercenario. Y de paso, a comprobar si es verdad lo que me han contado de ti.
—¿El qué? ¿Que tengo buen gusto para los amigos? —respondió Dani soltando una carcajada corta.
—Que eres insoportable cuando te crees el dueño del mundo.
—Eso no es una novedad, eso viene de serie.
Los miré desde mi mesa de trabajo. Entre Dani y Manu las cosas se movían en otro plano —un equilibrio sutil de silencios compartidos y miradas que no necesitaban coartada—, pero ver a Dani bromear con Maka de esa forma me arrancó una sonrisa torcida.
Había una fricción limpia entre ellos, de dos personas que se respetaban midiendo las distancias.
Maka dejó un café humeante frente a mi flexo y se sentó en la silla de enfrente.
—El informe ha funcionado —dijo bajando la voz—. El juez ha admitido la prueba pericial. La otra parte está contra las cuerdas. Quería dártelo en mano.
—Me alegro por la madre —respondió con sinceridad.
Maka me estudió en silencio unos segundos, bebiendo un sorbo de café.
—Tienes buen ojo, Aritz. Pero te noto con la guardia alta. Vives en un estudio lleno de sombras y café frío. A veces uno se encierra tanto en su propia trinchera que se olvida de que al otro lado de la puerta sigue corriendo el aire.
La miré de frente, sin entender del todo si hablaba del caso o de mí.
—Solo hago mi trabajo.
—Pues hazlo respirando un poco más —se puso en pie, le dio una palmada en el brazo a Dani al pasar hacia la salida y se despidió con la mano—. Nos vemos la semana que viene, perito.
Cuando la puerta se cerró, Dani se acercó a mi mesa, cogió un sorbo de mi café sin permiso y me miró fijamente.
—Esa abogada tiene peligro.
—Es buena en lo suyo.
—Y demasiado observadora. Por cierto, Liam ha estado hoy un rato por aquí con Ane. Me ha soltado una perlita que te va a encantar: dice que le dio un recado a su tía de tu parte y que Naia le contestó que "los relojes caros solo se rompen si los abren los que no saben de maquinaria".
Me quedé helado. Las palabras de Naia resonaron en la cabeza como un eco afilado. Seguía ahí, respondiendo a través de los engranajes de un niño de nueve años.
Esa noche, cuando Dani y Manu se marcharon y me quedé completamente solo entre las paredes de hormigón del estudio, el silencio dejó de ser un refugio. Se volvió denso, insoportable.
Intenté mirar las fotos de los encargos pendientes, pero el visor de la cámara temblaba en mis manos.
La presión en el pecho, esa losa invisible que llevaba semanas conteniendo a base de terapia a la fuerza y trabajo mecánico, reventó sin previo aviso.
Sentí que el aire no pasaba por mi garganta.
Que todo lo que había intentado construir desde la separación no era más que un decorado endeble.
Me levanté tambaleándome hacia el cajón del fondo del escritorio.
Mis dedos, fríos y torpes, buscaron a tientas en la oscuridad.
Tocaron el plástico frío del bote de pastillas.
Intenté frenar. Pensé en la mirada limpia de Liam, en el café de Maka, en la frase de Naia rebotando en mi cabeza. Pero el impulso de apagar el ruido sordo de mi propia mente pudo más. Desenrosqué la tapa.
El sonido seco de la rosca al abrirse fue lo único que resonó en la habitación.
Me llevé las pastillas a la boca sin agua. Dani seguía al otro lado de la puerta, llamándome por mi nombre.