CAPÍTULO 9 (Naia)
El enlace de la canción se quedó parpadeante en la pantalla de mi móvil durante tres horas exactas.
¿Qué tal si un viernes de estos nos tomamos un kebab? Los dos sabemos que el dueño sigue confundiendo las salsas.
Maka me había hablado esa semana de un asunto de custodia que la tenía más inquieta de lo habitual.
No me dio detalles —nunca mezclaba los expedientes con las conversaciones entre amigas—, pero recordé la forma en que había dicho «un niño atrapado en una pelea de adultos».
En su voz había sonado menos a un caso y más a una alarma que aún no sabía interpretar.
Lo leí mientras revisaba un pliego de conclusiones en el despacho.
Lo volví a leer en el semáforo de camino a casa, con el motor del coche temblando levemente en punto muerto.
Un kebab. Volver allí. A las mesas cojeas, al ruido de los coches pasando demasiado cerca, a las risas que un día creímos eternas antes de que todo se desmoronara por simple desgaste.
No respondí.
Cerré el chat y metí el teléfono en el bolso con la misma pulcritud con la que guardaba los expedientes cerrados.
Esa noche, Mikel preparó una cena ligera.
Habló de la reforma de la cocina de sus padres, de lo bien que pintaba el verano y de cómo los fines de semana largos ayudaban a desconectar del juzgado.
Yo asentía en los momentos precisos. Sonreía cuando tocaba.
Todo encajaba en su sitio, como piezas de un mecano bien engrasado.
Pero cada vez que Mikel me rozaba la mano al pasar la ensaladera, una parte de mí se quedaba suspendida en seco, pensando en la frase de Aritz.
Dos días después, el domingo de la comida familiar en casa de mis padres, el hilo invisible volvió a tensarse sin previo aviso.
Estábamos recogiendo los platos cuando Liam se me acercó con una servilleta en la mano y los ojos muy abiertos.
—Tía Nai —dijo con esa franqueza desarmante que solo tienen los niños—. Papá dice que el otro día le invitaste a comer un kebab mentalmente, pero que tú nunca vas a los sitios donde comíamos antes. ¿Por qué?
Me quedé con una taza en la mano, a medio camino del lavavajillas. Noté cómo el pulso se me aceleraba de golpe, traicionando la calma de los últimos años.
—¿Eso te ha dicho tu padre? —atiné a preguntar, intentando mantener la voz neutra.
—No exactamente. Le escuché hablar con el tío Dani el otro día en el estudio. Decía que tú eres como los relojes caros: marcas bien la hora, pero si te mueven un poco, te paras.
Mis padres estaban en la otra punta de la cocina hablando de la compra. Nadie más había escuchado al niño. Pero la frase se me clavó en el pecho con la precisión de un bisturí.
Como los relojes caros.
Aritz seguía conociéndome demasiado bien. Sabía perfectamente que mi vida ordenada no era más que un mecanismo de defensa contra el caos que dejamos atrás.
—Dile a tu padre que los relojes caros solo se rompen si los abren personas que no saben de maquinaria —le contesté a Liam con una sonrisa leve, intentando restarle hierro al asunto.
El niño arrugó la frente, procesando la respuesta con la misma seriedad con la que examinaba sus fotografías, y se encogió de hombros antes de salir corriendo hacia el salón.
Me quedé mirando el fondo del fregadero. La coraza perfecta empezó a pesar demasiado.