LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 8 (Naia)
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CAPÍTULO 8 (Naia)

La noche en mi estudio siempre tenía la misma temperatura.Fría en las esquinas, cálida solo bajo el flexo de la mesa de edición.Maka me había dejado cincuenta y dos fotografías.Cincuenta y dos mentiras impresas que alguien había diseñado para simular el abandono de un niño.

Llevaba tres horas con la lupa de hilos y el cuentagotas digital de la pantalla.A mi lado, un vaso de agua del grifo y el bote de pastillas cerrado. El bote seguía ahí, en la esquina de la mesa. No lo había abierto. Mirarlo y no tocarlo se había convertido en mi forma de medir los días buenos.

Acerqué la lámpara a la foto número catorce.

La habitación del menor.Había una hilera de libros tirados junto a la cama.

El abogado del padre alegaba desidia. Pero al ampliar la imagen al cuatrocientos por cien, la sombra del somier no cuadraba.

La luz entraba en un ángulo de cuarenta y cinco grados, limpia, demasiado nítida.

Para conseguir esa nitidez en una habitación interior a las siete de la tarde -según los metadatos del archivo- hacía falta un foco halógeno de estudio.Alguien se había tomado muchas molestias para construir un desastre perfecto.

Me froté los ojos. Me pesaban los párpados, pero no quería parar.Hacía meses que una noche no se me pasaba volando.

Hacía meses que mi cabeza no dejaba de dar vueltas en círculos sobre mis propios errores para concentrarse en los errores de otro.

Volver a ser útil se sentía como recuperar un músculo que creía atrofiado.

El teléfono vibró sobre la madera, justo al lado del bote de pastillas.Era un audio reenviado por Ane.Ane: Te mando esto. Liam me ha pedido que te lo pase. Estaba emocionado.

Le di al play.Esperaba la voz de mi hijo contándome qué tal el partido de fútbol o pidiéndome que lo fuera a buscar antes el fin de semana.Pero no era la voz de Liam.

-Hola, Liam. Sí, tu padre tiene razón. El disco era un CD y lo llevábamos siempre en la guantera.

La canción es de Antonio Flores y se llama “No dudaría”.

Es la que dice eso de... si pudiera olvidar todo aquello que fui.

Nos poníamos muy pesados cantándola. Dile a tu padre...

dile que me alegro de que todavía se acuerde de ese disco. Un beso, mi amor.

La voz de Naia llenó el silencio del estudio.Su voz de verdad.

No sus frases cortas de tres palabras por WhatsApp.

No su "bien" automático.Hacía años que no la escuchaba hablar de carrerilla.

Sonaba más madura, claro, pero mantenía ese deje pausado, ese tono de profesora que le salía desde que éramos adolescentes y ella intentaba que yo no me metiera en líos.

Me quedé quieto, con la lupa de hilos suspendida en el aire.Si pudiera olvidar todo aquello que fui.La frase flotó en el cuarto.

Naia se acordaba del CD de Antonio Flores. El que compramos en aquella gasolinera de camino a la playa, con la caja rota que se abría por la mitad. El disco que poníamos en bucle en el coche viejo cuando la casa se volvía insoportable y solo queríamos conducir hasta que se apagara el ruido.

Abrí Spotify en el ordenador. Con los dedos un poco torpes, tecleé el título.No dudaría.Le di al play.Los primeros acordes de guitarra acústica empezaron a sonar a través de los altavoces del estudio. Una música vieja, llena de golpes de batería secos.

Me eché hacia atrás en la silla, dejando que la música tapara el zumbido del ordenador.Naia creía que me conocía perfectamente.

Creía que yo seguía siendo el chico impulsivo que rompía los platos y vaciaba las botellas.

Y yo creía que ella era solo una jueza fría que se había marchado para no mirar atrás.Pero ese audio no lo había mandado una jueza.

Lo había mandado mi hermana. La que cantaba a gritos en el asiento del copiloto con el pelo revuelto por la ventanilla bajada.

Miré la pantalla del ordenador. Miré la foto catorce del dossier de Maka.

El desastre manipulado.Pensé en lo que me había dicho Manu en el bar: «Tú no inventas lo que hay en la foto, Aritz.

Solo lo enfocas».Quizá el problema de Naia y el mío nunca había sido el abandono.Quizá es que habíamos dejado de mirarnos de verdad.

Habíamos congelado una foto fija del otro en el peor momento de nuestras vidas y nos habíamos quedado a vivir en ella.

Dejé que la canción terminara. El silencio volvió al estudio, pero ya no era el mismo silencio pesado de antes.Cerré el dossier de fotos y lo metí en el sobre marrón. El lunes tenía que ver a Maka en la cafetería para entregarle las primeras diez fichas técnicas.

Cogí el móvil. Entré en el chat de Naia. El cursor parpadeaba.Mi manual -el que yo mismo me había construido a base de golpes- decía que debía escribirle un mensaje largo, explicarle que me había emocionado el audio, recordarle otra anécdota de aquel viaje. Insistir. Esperar. Como siempre.

Pero recordé lo que me repetía la terapeuta del centro: a veces, forzar las cosas es otra forma de romperlas.

Borré las líneas que había escrito.Busqué el enlace de la canción de Antonio Flores en Spotify. Lo copié.Se lo envié sin texto. Solo el enlace verde con la carátula del disco.

Bloqueé la pantalla. Dejé el móvil sobre la mesilla, cogí el sobre marrón de Maka y me fui a la cama.