LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 6 (Naia)
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CAPÍTULO 6 (Naia)

El taller de Manu siempre olía a grasa, hierro frío y café recalentado en un vaso de plástico.

Era un olor predecible.

Y yo agradecía las cosas predecibles.

Su coche tampoco era una excepción. Un Seat antiguo con una caja de herramientas tintineando en el maletero cada vez que cogíamos una curva.

No hablamos durante el trayecto hasta el centro.

Me quedé mirando por la ventanilla el cielo gris de las nueve de la mañana mientras Manu conducía con una mano en el volante y la otra apoyada sobre la palanca de cambios.

Nunca me hacía preguntas.

Creo que había entendido antes que nadie que había días en los que hablar solo servía para cansarse más.

-Te espero aquí -dijo cuando aparcó frente al edificio de ladrillo visto.

-No hace falta, Manu. Tardaré una hora.

-Tengo un termo con café y la radio. Anda, tira para dentro.

Bajé del coche.

El centro de salud mental no parecía un hospital. Se parecía más a una oficina gris donde la gente iba a dejar durante una hora las cosas que ya no le cabían en casa.

La sesión pasó despacio.

Cincuenta minutos intentando ponerle palabras a cosas que durante mucho tiempo solo habían tenido silencio.

Le expliqué a la terapeuta que abrir un cajón, mirar un bote de pastillas y volver a cerrarlo sin tocarlo a veces era una victoria.

Que no cogerlo también era avanzar.

Ella anotó algo en su cuaderno.

Nunca le pregunté qué escribía.

Supongo que cada uno necesita creer que hay cosas que entiende mejor que los demás.

Al salir, Manu seguía donde lo había dejado.

Tenía el capó levantado y revisaba los niveles del coche con un trapo negro de grasa.

-¿Qué tal? -preguntó sin levantar la cabeza.

-Bien.

Asintió una sola vez, cerró el capó con un golpe seco y se limpió las manos en el pantalón.

-Vamos a desayunar.

El camarero del bar de la esquina dejó dos cafés con leche y una ración de porras sobre la barra antes incluso de que nos sentáramos.

Siempre pedíamos lo mismo.

Cogí el vaso caliente con las dos manos.

Notaba los dedos algo torpes.

-Me cuesta volver a mirar -dije de repente.

Manu sopló el café despacio.

Esperó.

Nunca tuvo prisa por llenar los silencios de nadie.

-La cámara pesa. No físicamente. Pesa aquí.

Me di un golpecito en el pecho.

-Siento que, si vuelvo a levantar el objetivo, solo voy a fotografiar las cosas que están rotas.

Sonreí sin ganas.

-Como yo.

Manu mordió una porra y la dejó otra vez sobre el plato.

-Tú no inventas lo que hay en una fotografía, Aritz.

Solo decides dónde mirar.

Bajé la vista hacia el café.

-Por eso mismo.

-No.

Esperó a que levantara la cabeza.

-Si algo está roto, ya estaba roto antes de que tú llegaras. No es culpa de tu cámara. Ni de tus ojos.

Se llevó el café a los labios.

-Tu trabajo siempre ha sido encontrar lo que los demás intentan esconder.

No respondí.

Me quedé mirando mi reflejo deformado en el café.

Hacía meses que casi todo lo que veía de mí también parecía deformado.

El teléfono vibró sobre la barra.

Un número desconocido.

Fruncí ligeramente el ceño antes de descolgar.

-¿Aritz Etxeberria?

La voz era de mujer.

Sonaba segura. De esas personas que hablan deprisa porque están acostumbradas a que, al otro lado, alguien las escuche.

-Sí, soy yo.

-Soy Macarena Ortiz. Maka. Soy abogada.

-No necesito una abogada.

Al otro lado se hizo un silencio muy corto. Después se echó a reír.

-Menos mal. Yo tampoco necesito un cliente. Necesito un perito.

Miré a Manu de reojo. Seguía desayunando como si no estuviera escuchando nada.

-Hace tiempo que no hago peritajes.

-Lo sé.

Esperó un segundo antes de continuar.

-Llevo un procedimiento de custodia compartida. El padre ha presentado varias fotografías para demostrar que la madre no ofrece un entorno adecuado para el niño. Las he visto demasiadas veces y hay algo que no termina de encajarme.

Guardé silencio.

-No sé si están manipuladas. No puedo demostrarlo. Solo sé que las miro y tengo la sensación de que alguien está intentando convencerme de algo.

Aquella frase me hizo levantar un poco la cabeza.

-¿Quién le ha dado mi número?

-Dani del salón de tatuajes.

No pude evitar sonreír. Muy propio de él.

-Dice que sabes distinguir cuándo una fotografía cuenta la verdad y cuándo solo intenta parecerlo.

Bajé la vista hacia el café. Hacía mucho que nadie hablaba de mi trabajo de aquella manera.

-Hace un año que no piso un juzgado.

-También lo sé.

-Entonces ya sabes que quizá no soy la persona que buscas.

-No.

Su respuesta llegó demasiado deprisa.

-Precisamente por eso te llamo.

Fruncí el ceño. Ella siguió hablando con la misma tranquilidad.

-No necesito al fotógrafo que más informes haya firmado este año. Necesito a alguien que todavía sea capaz de mirar una fotografía y hacerse preguntas. Dani cree que ese eres tú.

Me quedé unos segundos sin decir nada. No porque estuviera pensando qué responder. Porque hacía mucho tiempo que nadie esperaba nada de mí.

-¿Podemos vernos? -preguntó.

Miré el reloj.

-¿Cuándo?

-Ahora. En media hora. En la cafetería de la plaza. Invito yo.

Miré a Manu.

Seguía removiendo el café despacio, como si supiera que aquella decisión tenía que tomarla yo.

-Está bien.

-Perfecto. Llevaré las fotografías.

La llamada terminó. Dejé el teléfono sobre la barra.

Manu esperó unos segundos antes de hablar.

-¿Trabajo?

Asentí.

-Una abogada.

Quiere que haga un peritaje para un juicio de custodia.

Dice que Dani le habló de mí.

-¿Y qué le has dicho?

-Que la vería.

Cogió una porra, la partió por la mitad y la dejó otra vez en el plato.

-Eso está bien.

Negué despacio.

-No lo sé.

Hace un año que no entro en una sala de vistas.

No sé si sigo sirviendo para esto.

Manu levantó la vista.

-¿Has dejado de hacer fotografías?

-No.

-¿Has olvidado mirar?

No respondí. Él tampoco esperó una respuesta.

-Pues entonces ya está.

A veces creemos que dejamos de saber hacer las cosas solo porque hace tiempo que no las hacemos.

Pero no funciona así.

Algunas solo necesitan que vuelvas a empezar.

Terminó el café de un trago, dejó unas monedas sobre la barra y se levantó.

-Venga. Vamos a ver qué quiere esa abogada.

El Seat arrancó con el traqueteo de siempre.

Apoyé la cabeza en el cristal mientras salíamos de la plaza.En el escaparate de una tienda cerrada había una grieta que cruzaba el cristal de arriba abajo.

El sol empezaba a abrirse paso entre las nubes y la luz se colaba justo por allí, como si hubiera encontrado el único sitio por el que pasar.

Me sorprendí siguiéndola con la mirada hasta que doblamos la esquina.

Hacía demasiado tiempo que no me detenía en una cosa tan pequeña.

La cafetería de la plaza estaba llena de jubilados y olía a café recién hecho y a pan tostado.

Elegí una mesa al fondo, cerca de la ventana.

Me gustaba tener la luz de espaldas.

Dejé la chaqueta en la silla y me senté a esperar, mirando el sobre marrón que Maka ya había dejado sobre la mesa antes de ir al baño.

Cuando regresó, caminaba deprisa, con el abrigo desabrochado y el bolso colgado del hombro. Daba la sensación de llegar siempre cinco minutos tarde a algún sitio, incluso cuando había llegado antes que yo.

Se sentó enfrente y dejó la bufanda sobre el respaldo de la silla.

Me observó un segundo. Sin disimulo.

-Dani no exageraba -dijo apoyando los codos sobre la mesa-. Tienes cara de ver cosas que los demás pasamos por alto. Aunque hoy diría que estás más bien cansado.

Sonreí de lado.

-Un poco de las dos, supongo.

Señalé el sobre.

-Cuénteme lo del caso.

El camarero se acercó y ella pidió un café solo. Yo pedí otro.

Maka abrió el maletín de cuero gastado que llevaba y sacó varias carpetas.

-Es un procedimiento de custodia compartida que va para largo -explicó mientras se acomodaba en la silla-.

El padre solicita la custodia exclusiva.

Alega ambiente insalubre, dejadez y abandono por parte de la madre.

Estas son las fotografías que su defensa ha aportado para demostrar las condiciones en las que vive el niño.

El juicio importante será dentro de unos meses, pero ahora estamos preparando toda la prueba pericial.

Necesito un informe técnico. Alguien que mire esto con ojos de fotógrafo, no de abogado.

Deslicé las tres primeras fotografías fuera del sobre.

Eran copias impresas en papel fotográfico de muy buena calidad.

Demasiado buena para ser unas fotografías hechas deprisa con un móvil.

La primera mostraba un salón.

Juguetes rotos por el suelo.

Platos sucios sobre una mesa baja.

Ropa amontonada en un rincón.

Acerqué la fotografía un poco más.

-¿Qué ves? -preguntó Maka.

-Una mentira.

Arqueó ligeramente una ceja.

-Explícamelo.

Señalé el centro de la imagen.

-El desorden está colocado. Nadie deja un juguete roto justo en el centro de una habitación por casualidad.

Deslicé el dedo hasta la estantería del fondo.

-Mira el polvo. Tiene un corte limpio. Alguien apartó los objetos, limpió la superficie y después volvió a colocar todo para hacer la fotografía.

Cogí la segunda imagen.

La cocina.

-Y la luz.

Levanté la fotografía unos centímetros.

-Esto no es una bombilla de techo. Hay un punto de luz rebotando desde la izquierda para que la grasa de los platos brille más. Para que todo parezca peor de lo que realmente es.

La miré un instante más antes de dejarla sobre la mesa.

-El desorden de verdad es caótico. Es incómodo. Da vergüenza. Esto no. Esto está preparado.

Maka soltó el aire despacio y dio un sorbo al café.

-Eres jodidamente bueno, Etxeberria.

Negué con la cabeza.

-Cualquiera que se dedique a la iluminación lo vería.

-No. Un juez no.

Apoyó la taza sobre el plato.

-Un juez ve una cocina sucia y una madre negligente. Por eso necesito que seas tú quien se lo explique.

Sacó otro montón de fotografías del sobre.

-Hay más de cincuenta. Quiero que las analices todas. Sombras, distancias focales, metadatos si conseguimos los archivos originales... Todo lo que pueda demostrar que alguien ha construido un escenario para hundir a esa mujer.

Me quedé mirando las fotografías.

Eran demasiado limpias. Demasiado pensadas.

Las buenas fotografías casi nunca son así.

La verdad siempre deja algún borde torcido.

-¿Por qué me busca a mí exactamente? Hay peritos oficiales en el juzgado.

Maka se recostó en la silla sin dejar de mirarme.

-Porque un perito oficial busca un retoque con Photoshop. Yo no busco eso.

Hizo una pausa.

-Busco a alguien que entienda cuándo una fotografía intenta parecer verdad y cuándo la está contando de verdad.

Sonrió muy levemente.

-Dani me dijo que tú nunca has fotografiado cosas bonitas. Has fotografiado cosas honestas.

Sostuve su mirada.

Maka no sabía nada de mí.

No sabía que aquella misma mañana venía del centro.

No sabía que llevaba meses intentando reconstruirme.

Para ella solo era un fotógrafo.

Y, por alguna razón, me di cuenta de que volvía a gustarme que alguien me mirara así.

-Es un trabajo de semanas.

Analizar cincuenta fotografías lleva tiempo.

-Lo tenemos.

El procedimiento también va para largo.

Empujó el sobre hacia mí.

-Llévatelas. Míralas con calma. El jueves que viene nos vemos aquí a la misma hora y me cuentas qué has encontrado.

Asentí.

-Trato.

Maka sonrió, dejó un billete sobre la mesa para pagar los cafés y volvió a salir a la calle con la misma prisa con la que había entrado.

Me quedé solo.

Sostuve el sobre entre las manos unos segundos.

Pesaba poco.

Pero hacía mucho tiempo que algo no me parecía tan importante.

El teléfono vibró en el bolsillo.

Lo saqué pensando que sería otra pregunta de Liam para el trabajo del colegio.

No era Liam.

Era Naia.

Tres palabras.

Qué mayor está.

Me quedé mirándolas unos segundos.

Hacía meses que no me escribía algo que no fuera un "Feliz Navidad" o un corazón al final de una conversación.

Le respondí enseguida.

Ya ves. Dentro de nada me echa de casa.

Bloqueé el teléfono y lo dejé boca abajo sobre la mesa.

No esperaba que respondiera.

Conocía demasiado bien ese silencio.

Guardé el móvil en el bolsillo y volví a abrir el sobre.

Había cincuenta fotografías.

Cincuenta historias intentando parecer verdad.

Y aquella mañana sí tenía ganas de empezar por la primera.