LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 3 (Naia)
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CAPÍTULO 3 (Naia)

—Papá, pero mira a la cámara de verdad. No pongas esa cara de que te aburres.

Liam cerró un ojo con fuerza y sujetó la réflex con ambas manos.

Todavía le quedaba grande, un armatoste negro que amenazaba con escapársele en cualquier momento.

Llevaba casi veinte minutos intentando atrapar la luz de la tarde y conseguir la foto perfecta, exigiendo una paciencia que a mí, en los últimos meses, me costaba encontrar en ninguna parte.

—Ya estoy mirando, fiera —repliqué, obligándome a relajar la mandíbula.

—No. Mira bien. Con los ojos abiertos.

Mira bien.

—Soy fotógrafo, pequeño. No modelo de escaparate.

—Pues deja de moverte como si tuvieras hormigas.

—No me estoy moviendo.

Me señaló con el dedo índice, implacable.

-Sí.

—Sí. Respiras. Y cuando respiras, la foto se sale de madre.

No pude evitar una carcajada corta que rompió el aire frío de la calle.

Llené los carrillos de aire, contuve el aliento y me quedé completamente estático, como una gárgola de piedra.

Noté el clic.

Bajó la cámara.

La revisó muy serio.

De repente sonrió.

-Ahora sí.

Me acerqué.

Por una vez… la había clavado de verdad. El encuadre tenía pulso, la luz lateral recortaba mi perfil sin exageraciones y había una verdad cruda en la imagen que a mí me costaba meses replicar.

-Joder.

-¿Qué?

-Creo que vas a quitarme el trabajo.

Liam sonrió con esa mezcla de orgullo y vergüenza que solo tienen los niños cuando un adulto les dice algo que llevan semanas esperando escuchar.

Empujé la puerta del estudio de Dani con el hombro. El aire de dentro me recibió con su mapa olfativo de siempre: tinta fresca, café recién hecho y el olor metálico del desinfectante. Un santuario predecible en medio del caos que llevaba meses devorándome por dentro.

La máquina no dejó de sonar.

Ni siquiera levantó la cabeza.

—Llegáis tarde —gruñó sin dejar de limpiar una pieza de acero.

Miré el reloj.

—He venido diez minutos antes de lo previsto —protesté.

-Precisamente.

—Precisamente por eso. Solo vienes antes cuando quieres que te invite al café o cuando necesitas que te recuerde que tienes una cara de entierro que asusta a los clientes.

Liam salió disparado.

-¡Tío Dani!

Entonces sí levantó la vista. Sonrió.

Una de esas sonrisas torcidas que parecían aparecer solo cuando veía al enano.

Chocaron los puños.

-¿Qué pasa, artista?

-Hemos ido a hacer fotos.

-¿Sí?

Miró la cámara. Después me miró a mí.

—Pues dile que aprenda un oficio de provecho antes de que nos muramos todos de hambre —bromeó Dani.

-No le metas miedo.

—No le meto miedo. Le doy opciones reales. Los fotógrafos independientes os morís de hambre o de melancolía, y la segunda opción es más barata.

-Calla.

-¿Ves? Ya está enfadado. Eso es que llevo razón.

Liam soltó una carcajada.

-Voy a hacer fotos.

-Ve. Pero intenta que salga algo más que los pies de tu padre.

Liam desapareció por el fondo del estudio.

Dani siguió preparando la mesa para el siguiente tatuaje.

Sin mirarme.

—¿Ha escrito la jueza? —preguntó en voz baja, sin dejar de ordenar los botes de tinta sobre la encimera.

Saqué el móvil.

Negué con la cabeza.

-No.

—¿Nos mantiene condenados al silencio, entonces?

Sonreí.

-Esta vez no va conmigo.

Paró un segundo.

-¿Entonces?

Guardé el teléfono.

—Es Liam. Le mandó un audio ayer, contestando al trabajo del colegio.

Silencio.

Silencio.

Dani dejó una caja de agujas sobre la mesa.

-¿Y?

Dani dejó una caja de guantes sobre la madera con un golpe seco.

Volvió a ordenar las tintas.

Dani volvió a ordenar los pigmentos de color con una meticulosidad exasperante.

Asentí despacio.

—Sí. Siempre contesta por compromiso.

Dani levantó una ceja.

Esperó. Sabía que aún no había terminado.

-Pero...

Tardé unos segundos en encontrar las palabras.

—Ojalá esta vez no tardara diez años en cruzar la maldita puerta.

Silencio.

Solo se escuchaba a Liam hablando solo al fondo mientras hacía fotos a cualquier cosa que encontraba.

Dani sonrió sin mirarme.

-¿Sabes qué es lo bueno de los niños?

Negué con la cabeza.

—Que todavía no saben contar el tiempo como nosotros.

Lo miré.

-¿Y eso es bueno?

—Depende de cómo se mire. Si Naia contesta mañana, para Liam habrá tardado una eternidad insoportable. Pero si contesta dentro de diez años… igual todavía cree que llegó puntual a la cita.

No respondí.

Porque no supe si Dani estaba hablando de la impaciencia de un niño de nueve años…

O de la estúpida esperanza con la que yo seguía esperando en la orilla contraria.