LA ÚLTIMA VERSIÓN DE NOSOTROS CAPÍTULO 1 (Naia)
2%

CAPÍTULO 1 (Naia)

Nunca me ha gustado mirar el móvil mientras trabajo.

Al principio era porque me distraía. Después entendí que la mayoría de las veces, cuando alguien me llamaba en horario de oficina, no era para preguntarme qué tal estaba.

Siempre había un problema, una duda, una urgencia.

Aprendí que casi nada cambiaba por contestar cinco minutos antes.

En mi despacho, rodeada de balances de auditoría que encajaban con la precisión de un reloj suizo, el mundo obedecía a reglas que yo sabía aplicar.

Fuera de aquellas cuatro paredes, en cambio, las cuentas nunca cuadraban.

El teléfono vibró una vez.

Después otra.

Y una tercera.

Levanté la vista de los informes que tenía sobre la mesa y le di la vuelta al teléfono con un movimiento seco, casi mecánico.

Aritz.

Un audio.

Fruncí ligeramente el ceño, con una punzada sorda en la boca del estómago.

Aritz nunca me enviaba audios. Para él, la tecnología siempre había sido un canal demasiado frío o demasiado directo para lidiar con el desorden de su día a día.

Lo dejé donde estaba y seguí hablando con el director financiero.

Al menos eso intenté. Durante el resto de la reunión asentí cuando tocaba, hice un par de preguntas formales y tomé notas que, una hora después, fui incapaz de recordar.

Tenía la extraña sensación de estar interpretando un papel en una obra cuyo guion ya no me interesaba.

Cuando por fin salí del edificio de la consultora, respiré hondo, como si llevara demasiado tiempo aguantando el aire.

Era jueves.

Siempre acababa los jueves igual.

Cansada.

Caminé hasta el coche sin prisa. Saludé al vigilante de la entrada con una sonrisa automática, dejé el bolso en el asiento del copiloto y, antes de arrancar, volví a mirar el teléfono.

El audio seguía sin escuchar.

Debajo había un mensaje.

"Gracias por contestarle cuando puedas. Le hacía ilusión."

Respiré hondo.

Era curioso cómo un solo nombre, un maldito nombre de cinco letras, seguía provocándome la misma sacudida eléctrica en el pecho después de diez años de silencio voluntario.

Aritz.

Mi cabeza siempre llegaba antes que yo.

Pulsé el audio.

-Hola, tía Nai.

Sonreí.

La voz de Liam ya no sonaba a la de un niño pequeño. Crecía demasiado deprisa.

-Estoy haciendo un trabajo del cole y tenemos que entrevistar a alguien de la familia.

Escuché la risa de Aritz al fondo.

La reconocería entre mil.

-Papá dice que tú siempre cuentas mejor las historias.

Hubo unos segundos de silencio.

-Bueno... eso lo dice él.

Otra risa.

-Quería preguntarte cuál era tu comida favorita cuando eras pequeña. Papá dice que kebab. ¿Es verdad?

No pude evitar sonreír.

El kebab.

Hacía años que nadie pronunciaba esa palabra y, aun así, fui capaz de recordar hasta el olor.

Cuando me fui de casa empezamos a quedar allí casi todos los viernes.

Nunca entendí por qué le gustaba tanto aquel sitio.

Las mesas cojeaban, el dueño siempre confundía la salsa y cada vez que salíamos de allí juraba que era la última vez.

Nunca fue la última. Aun así, no recuerdo haberme reído tanto en ningún otro sitio.

-Y otra cosa... Papá dice que una vez llevabas el pelo azul.

Resoplé entre dientes, aunque no pude evitar sonreír.

Serás idiota... Jamás llevé el pelo azul. Llevaba casi veinte años contando la misma mentira.

-Pero en tu foto no sale azul. ¿Por qué?

Esperé unos segundos.

Pensé que el audio había terminado.

Entonces volvió a escucharse la voz de Liam, esta vez hablaba mucho más despacio. Como si estuviera pensando la pregunta mientras la hacía.

-Ah...¿Por qué nunca vienes a casa?

El audio terminó.

No hice nada. Me quedé mirando el volante.

Después el teléfono.

Volví a reproducir únicamente el final.

"¿Por qué nunca vienes a casa?"

Otra vez. Y otra.

Hasta que dejé de escuchar la voz de Liam y empecé a escuchar la de Aritz.

Porque, aunque aquella pregunta la hubiera hecho un niño de nueve años, no dejaba de parecerse demasiado a otra que llevaba mucho tiempo evitando responder.

Apoyé la cabeza unos segundos sobre el reposacabezas.

Después arranqué el coche.

Cuando llegué a casa, Mikel estaba terminando de poner la mesa con esa pulcritud simétrica que caracterizaba cada uno de sus gestos.

-Pensaba que hoy llegarías más tarde.

-La reunión se ha alargado menos de lo normal.

Se acercó para darme el beso de costumbre en la comisura de los labios.

Olía a su colonia de siempre, a limpio, a madera encerada.

A casa. A una casa donde jamás se alzaba la voz, donde los silencios eran cómodos y los armarios guardaban orden.

-Mi madre ha preguntado si este domingo seguimos yendo a comer.

-Sí.

—Y mi hermana ha reservado ya el hotel para agosto. Dice que, si esperamos más, luego nos quejaremos del precio.

Asentí de nuevo, sintiendo de pronto el peso del teléfono en el bolsillo del abrigo. Estuve a punto de contárselo. «Hoy me ha escrito Aritz; bueno, en realidad le ha mandado un audio a Liam y su padre me ha avisado…». Pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.

Decir su nombre en voz alta en aquel piso era como encender una cerilla en una habitación llena de gas. Mikel habría respondido con su compasión habitual: «Cariño, ya sabes que tu hermano es un pozo sin fondo. No te compliques la vida». Y tendría razón. Lógica pura.

Sonreí.

Todo era sencillo con Mikel. Nunca había incendios que apagar. Nunca levantábamos la voz y casi nunca teníamos silencios incómodos.

Solo una vida tranquila y ordenada, tal y como a mí me gustaba. O, al menos, eso llevaba años repitiéndome frente al espejo antes de apagar la luz.

Mientras él hablaba de las vacaciones abrí el móvil por pura costumbre.

Veintisiete mensajes en el grupo familiar.

Fotos, audios.

Mi sobrino político disfrazado de dinosaurio corriendo por el salón.

Respondí con un corazón y una cara riéndome.

Después volví al chat de Aritz.

Leí otra vez el mensaje.

"Gracias por contestarle cuando puedas. Le hacía ilusión."

Escribí.

"Hola, cariño."

Lo borré.

Volví a escribir.

"Perdona, estaba trabajando."

También lo borré.

Lo intenté una tercera vez.

"Mañana llamo a Liam."

Volví a borrarlo.

Bloqueé el teléfono.

Lo dejé boca abajo sobre la mesa.

-¿Todo bien? -preguntó Mikel desde la cocina.

Levanté la vista.

-Sí.

Y lo creía.

O, al menos, llevaba tantos años repitiéndomelo que había dejado de preguntarme si era verdad.

Mikel siguió hablando de las vacaciones.

Yo asentía sin escuchar demasiado.

Aquella noche, mientras me lavaba los dientes, mientras preparaba la ropa del día siguiente y dejaba programada la cafetera como hacía todas las noches, seguía pensando en la misma pregunta.

No era especialmente difícil, ni siquiera era injusta. Solo era una pregunta que nadie me había hecho antes.

¿Por qué nunca vienes a casa?

Abrí el móvil.

Entré en la conversación con Aritz. Subí con el dedo.

Una foto de Liam. Un cumpleaños. Una canción. Un vídeo. Un "feliz Navidad". Otro. Otro.

No encontré un solo mensaje que hubiera empezado yo.